ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA
VOLUMEN 39 +» SEPTIEMBRE 2018 + AÑO X + ISSN 1989-4104
NUEVOS APORTES A LA CRONOLOGÍA DE LOS SITIOS ALAMITO (DPTO. ANDALGALA, CATAMARCA). ¡Vew Contributions to the Chronology of the Alamito Sites (Andalgalá Department, Catamarca) (pp. 3-15).
LA FRONTERA NORTE DE MESOAMÉRICA Y LA CULTURA BOLAÑOS. The Northern Border of Mesoamerica and the Bolaños Culture (pp. 16-28).
“TECNOLOGÍA CERÁMICA DE Los RADALES 1. PERIODO ALFARERO TARDÍO (EL VERGEL), SECTOR ORIENTAL CORDILLERANO DE LA CUENCA VALDIVIANA (NEUQUÉN, PATAGONIA ARGENTINA). Ceramic Technology from Los Radales 1. Late Pottery Period (El Vergel), East Cordilleran Sector of the Valdivian Basin (Neuquen, Argentine Patagonia) (pp. 29-35).
Más DE 100 AÑOS ININTERRUMPIDOS DE REGISTRO GEOMAGNÉTICO EN MÉXICO: IMPLICACIONES EN LA DATACIÓN ABSOLUTA DE ALGUNOS EDIFICIOS HISTÓRICOS. More than 100 Uninterrupted Years of Geomagnetic Record in Mexico: Implications in the Absolute Dating of Some Historic Buildings (pp. 36-43).
LA NATURALEZA EN LA CULTURA BOLAÑOS CON ÉNFASIS EN LOS ANIMALES. Nature in the Bolaños Culture with an Emphasis on Animals (pp. 44-56).
EL BINOMIO METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE VINDOBONENSIS: ESTUDIO DE CASO. The Metate/Metlapil Binomial in the Vindobonensis Codex: A Case Study (pp. 57-66).
UNA ECUACIÓN ESTADÍSTICA PARA MEDIR EL RIESGO DE GUERRA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA. A Statistical Equation to Measure the War Risk in Pre-Hispanic Mesoamerica (pp. 67-70).
A Peer-Reviewed Open Access Journal of World Archaeology http://purl.org/aia - http://laiesken.net/arqueologia/ Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea O Pascual Izquierdo Egea, 2018. Licencia CC BY 3.0 ES. Correo: http://purl.org/aia/info. Printed in Spain.
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 3-15. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
NUEVOS APORTES A LA CRONOLOGÍA DE LOS SITIOS ALAMITO (DPTO. ANDALGALÁ, CATAMARCA) New Contributions to the Chronology of' the Alamito Sites (Andalgalá Department, Catamarca)
María Soledad Gianfrancisco
Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), CONICET, Argentina (solegianfranciscoPyahoo.com.ar)
RESUMEN. En este trabajo se analiza críticamente la cronología de los sitios Alamito, construida sobre la base de dataciones radiométricas y seriaciones cerámicas efectuadas durante el periodo 1950-1995, valorando los alcances reales de cada uno de estos métodos en función de los estándares de confiabilidad actuales. El resultado es una jerarquización de la información en función de su fiabilidad, en la que las dataciones efectuadas no son descartadas sino valoradas de acuerdo con sus limitaciones. Por último, se incorpora la información de nuevas dataciones radiocarbónicas que permiten plantear un nuevo esquema cronológico para el área.
PALABRAS CLAVE. Cronología; Alamito; seriación; Formativo.
ABSTRACT. This work critically analyzes the chronology of the Alamito sites, based on radiometric dating and pottery seriations undertaken during the period of 1950-1995, assessing the real scope of these methods in the light of current reliability standards. The result is a hierarchical organization of information on the basis of reliability, in which the existing dates are not discarded but valued according to their limitations. Finally, new radiocarbon dates are incorporated, allowing us to propose a new chronological scheme for the area.
KEYWORDS. Chronology; Alamito; seriation; Formative.
INTRODUCCIÓN
El objetivo de este trabajo es analizar críticamente los datos sobre los cuales se construyó la cronología de los sitios Alamito, valorarlos de acuerdo con su confia- bilidad según los estándares actuales y aportar informa- ción acerca de nuevas dataciones a fin de contribuir a la construcción espacio-temporal del proceso social de Campo de Pucará.
Para ello, se analizarán y discutirán por separado los datos brindados por la cronología relativa construida sobre la base de seriaciones y, posteriormente, la cro- nología absoluta. Por último, se integrará la informa- ción obtenida de manera que, en la medida que sea posible, podamos comprender la cronología de estos
sitios para sumarla a los datos que se vienen trabajando hasta ahora.
LOS SITIOS ALAMITO
El asentamiento se sitúa al pie de la Sierra de Santa Ana, en el sector NE de Campo de Pucará. El mismo se distribuye sobre superficies de glacis dispuestas en las cotas de 1700, 1800 y 1900 ms. n. m. al SE de la población de La Alumbrera (fig. 1). Posee una varie- dad de estructuras que, según su forma y tamaño, se clasificaron como sitios grandes (SG), que correspon- den a 50 bases residenciales con un diseño arquitectó- nico circular compuesto por la reunión de cuatro o más
Recibido: 29-5-2018. Modificado: 19-6-2018. Aceptado: 4-7-2018. Publicado: 11-7-2018.
Edited e Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Jessica MacLellan. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3901.
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3 Posible Patrón Alamito O Patrón Alamito 0 Recinto circular Ó Estructura circular M Recinto estructura anexa O Posible recinto con estructura anexa Ml Recinto rectangular 9 Muro de contención O Sitio Inca G Sector agrícola / Linea de Piedra «> Monticulo
Figura 1. Asentamiento arqueológico «El Alamito».
bi
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recintos de variada morfología, plataformas ceremonia- les y un montículo de grandes dimensiones dispuestos alrededor de un patio central; y 42 sitios medianos (SM) pertenecientes a montículos y recintos de forma circu- lar y rectangular que, en ocasiones, se presentan aso- ciados a estructuras agrícolas (Gianfrancisco y Fernán- dez 2016).
Los sitios se distribuyen en 450 hectáreas aproxima- damente, donde se despliega un paisaje agrario de pe- queña escala con arquitecturas productivas de bajo impacto, en el cual se contemplan campos de cultivo con canchones y aterrazamientos con y sin muros peri- metrales. No se han registrado canales de riego u otro tipo de evidencias asociadas al mismo. Se han vincula- do a poblaciones culturales con economía agropastoril y han sido considerados un caso único dentro de la ar- queología del noroeste argentino (NOA) (Núñez Re- gueiro 1998; Gianfrancisco 201 1), sobre todo si los pen- samos como la expresión material particular de formas de vida. En un nivel general de síntesis, parecen en parte semejantes a los de otras comunidades contemporáneas de la región (i. e. Tafí, Cerro El Dique, Campo Colo- rado, Saujil) y del altiplano boliviano, por la organiza- ción de espacios cerrados, o recintos-habitaciones, al- rededor de un espacio central extenso y abierto o patio que manifiesta un «patrón» compartido «de asentamien- to», típico de sociedades aldeanas de base económica principalmente agrícola, de pequeña escala, habitual- mente caracterizados como «Formativos» en términos de la arqueología del NOA.
En un nivel más particular, la configuración espacial de las unidades constructivas se repite en el paisaje como módulos independientes, confiriéndoles a estos sitios ciertas características Únicas para su tiempo y espacio. Es posible observar así una inédita estructuración del paisaje que se alejaría de las generalidades de las socie- dades contemporáneas de la región, registrándose un patrón de organización espacial con ciertos criterios de monumentalización de estructuras y manifestaciones cultuales a escala comunitaria o pública, que contrasta con las prácticas a escala doméstica en los espacios resi- denciales del Formativo (Tartusi y Núñez Regueiro
1993):
LA CONSTRUCCIÓN DE LA CRONOLOGÍA EN CAMPO DE PUCARA
Las investigaciones arqueológicas efectuadas en Cam- po de Pucará se produjeron en dos etapas. La primera
de ellas corresponde a las excavaciones efectuadas du- rante los años 1957, 1958, 1959, 1964 y 1966, que co- menzaron con prospecciones y excavaciones en el sector suroccidental de la zona de Aguas de las Palomas y fue- ron realizadas por González en el año 1957 (González 1957, 1960, 1962). En ese mismo año se efectúan ex- cavaciones parciales en la meseta de 1700 ms. n. m. (B-0, D-0, H-0, 1-0, P-0, K-0, D-1, G-1, M-1, O-1, entre otros sitios). En 1958 y 1959 se realizaron exca- vaciones en varios sitios trabajados anteriormente, tan- to de la meseta de 1700 como de la de 1800 ms. n. m. (Núñez Regueiro1998). Durante el año 1964, y con el objetivo de afinar la cronología a través de la seriación cuantitativa, se llevaron a cabo una serie de excavacio- nes en el sitio D-1 de la meseta de 1800 ms. n. m., repitiéndose además sondeos estratigráficos en sitios de 1700 ms. n. m. y efectuando otros tantos en el sitio C-2 de la meseta de 1900 m s. n. m. Ya para el año 1966 se prosiguieron las excavaciones en el sitio D-1 y se excavó el sitio G-0 de la meseta de 1700 ms. n. m.
A finales de la década del 60, las investigaciones se ven afectadas en virtud de la revolución argentina de Onganía que devino en un golpe de Estado en 1966 y, tras la descomposición del gobierno de María Estela Martínez de Perón, que sentó las bases para el golpe de Estado efectuado por la Junta Militar, se produce la rup- tura de las líneas de trabajo.
La segunda etapa de estudios arqueológicos corres- ponde a la década de los 90. En ese momento se reto- maron las investigaciones y se llevaron a cabo trabajos de excavación y prospección durante 1992, 1993, 1996, 1997 y 1999, tanto en los sitios «Patrón Alamito» S-0, H-0 y D-1 como en algunas estructuras que no perte- necen a dicho patrón y que se han dado en llamar Re- cintos con Estructuras Anexas, Recintos Circulares y Montículos.
Las primeras dataciones proceden de los sitios B-0, D-0 y D-1 y fueron publicadas y comentadas por Gon- zález (1957, 1960, 1962) y Núñez Regueiro (1971). En el año 1995 se efectuaron nuevas dataciones radio- carbónicas y de termoluminiscencia en uno de los re- cintos A del sitio H-0 (Angiorama 1995), y se realizaron nuevas seriaciones cerámicas (Caria 1996) que han ten- dido a corroborar dicho esquema cronológico. En to- tal, se cuenta con 13 dataciones radiocarbónicas y dos de termoluminiscencia: 11 de las primeras fueron rea- lizadas por distintos investigadores (González 1960; Núñez Regueiro 1998; Angiorama 1995) en sitios «Pa- trón Alamito». Asimismo, y como otra forma de pe- riodización, se llevó a cabo la seriación de algunos sitios
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a partir de secuencias artificiales realizadas en pozos es- tratigráficos de los montículos mayores de los sitios C- 0, D-0, H-0, L-0, correspondientes a la meseta de 1700 m; y D-1, G-1, O-1 y M-1. De esta manera, ambas formas de periodización, absoluta y relativa, han sido las bases sobre las cuales se ha organizado en la década de 1970 el esquema cronológico vigente, diferencian- do dos grandes bloques temporales: Alamito I (240-360 d. C.) y Alamito II (360-480 d. C.) (Tartusi y Núñez Regueiro 1993). Por nuestra parte, los trabajos efectua- dos durante 2005-2011 en los Recintos con Estructu- ras Anexas 31-0 y 13-1 y en el sitio «Patrón Alamito» H-1 han aportado información cronológica muy va- liosa que permite plantear un nuevo esquema cronoló- gico para el área.
LA CRONOLOGÍA RELATIVA: SERIACIÓN CERAMICA
La cronología relativa de los sitios se estableció me- diante el método de seriación cuantitativa o «método de Ford» (Ford 1962), utilizando los fragmentos de ce- rámica obtenidos en 1964 y en la década de 1990 en pozos estratigráficos realizados en los montículos ma- yores de los sitios ya mencionados de la meseta de 1700 y 1800 ms. n. m. A partir de la seriación efectuada, se logró ubicar, en términos de cronología relativa, una serie de sitios, algunos de los cuales poseían datos de dataciones radiocarbónicas. Con ello, Núñez Regueiro (1998) situó en términos absolutos el comienzo de la secuencia de ocupación del espacio para el año 240 d. C., y estableció entre los años 450 y 500 d. C. su lími- te superior.
Considerando los límites del bloque temporal mar- cados por las dataciones radiocarbónicas y los datos brindados por la seriación, Núñez Regueiro (1998) con- sidera que existe una secuencia de sitios conformada por cuatro momentos que tienen una duración de 60 años aproximadamente. Los cambios en las frecuencias de los tipos cerámicos decorados —asignables a Ciénaga y Condorhuasi— considerados como significativos son los que permiten dividir la secuencia en dos fases: Ala- mito Í y Alamito IL, cada una de ellas repartida en dos subfases, todas de igual duración. En total se han iden- tificado 34 clases cerámicas; 9 corresponden a clases ordinarias y 25 a clases decoradas. En función de ello, la secuencia quedaría de la siguiente manera:
— Alamito la: 240-300 d. C. (sitios B-0 y D-0). Regis-
tran su máxima popularidad los tipos Alumbrera Inci-
so, Alumbrera Líneas Paralelas, Alumbrera Pintado, Caspicuchuna Inciso y los tipos Condorhuasi Polícro- mo, Condorhuasi Rojo/Ante, Blanco/Rojo y Monocro- mo Rojo. No están presentes o registran una baja fre- cuencia los tipos Condorhuasi polícromo y Ciénaga.
— Alamito Ib: 300-360 d. C. (sitios 1-0 y O-1). Se halla bien representado el tipo Condorhuasi Polícromo y registran su presencia los tipos Alumbrera Líneas Bru- ñidas y los distintos tipos Ciénaga. Disminuye clara- mente la frecuencia de los tipos Alumbrera Líneas Pa- ralelas, Alumbrera Pintado y Caspicuchuna Inciso.
— Alamito lla: 360-420 d. C. (sitios S-0, H-0 y M-1). Se hallan presentes todos los tipos Ciénaga, aunque aún en porcentajes reducidos. Perduran, al comienzo, los tipos Condorhuasi y los restantes tipos que habían te- nido su máxima popularidad durante la subfase la.
— Alamito Ib: 420-480 d. C. (sitios D-1 y G-1). Au- menta la frecuencia de los tipos Ciénaga, especialmen- te los pintados, y varios subtipos incisos. Desaparecen por completo los tipos que registran su máxima popu- laridad durante la subfase la.
Es difícil discernir si estas diferencias en la riqueza de las clases cerámicas se pueden deber directamente a diferencias cronológicas, o bien a un espectro de otras explicaciones posibles, tales como variaciones funcio- nales, dados los usos de la alfarería en los sitios por la especificidad de las prácticas ejecutadas en los mismos (unidades residenciales versus montículos ceremonia- les-basureros), o bien a diferencias en el acceso a los bie- nes materiales de la gente que vivía en los sitios, o a diferencias sociales marcadas diacríticamente por el uso de estilos identificatorios en sitios diferentes, entre otras posibilidades.
Si consideramos el análisis estratigráfico de los mon- tículos mayores, parece que la acumulación generada se debió a la sucesión en el tiempo de eventos de depó- sito cuya composición reflejaría las clases cerámicas en uso en las unidades residenciales. En cualquiera de las interpretaciones posibles —diferencias cronológicas, funcionales, económicas o étnicas, o varias de ellas si- multáneamente—, los montículos estarían siendo un reflejo directo de estos fenómenos por igual.
Está claro que, por las leyes estratigráficas, es alta- mente probable que los niveles inferiores sean más an- tiguos que los superiores —suponiendo que no hubo ninguna inversión estratigráfica—, y ello nos da una secuencia relativa. Pero aún así, resulta complejo dis- cernir si los cambios en la secuencia, en el tiempo, se corresponden con cambios en algunas de las distintas clases de prácticas en las cuales participaron los objetos
in
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cerámicos. En este sentido, creo que el trabajo del equi- po de Núñez Regueiro fue muy loable, fundamental y aceptable para la época, pero los datos que soportan su cronometría resultan confusos; por lo que pienso que este enfoque teórico y metodológico ya no resulta ade- cuado.
LA CRONOLOGÍA ABSOLUTA: DATACIONES RADIOCARBONICAS
En total se efectuaron 10 dataciones radiocarbóni- cas para Campo del Pucará y 1 de termoluminiscencia, realizadas y analizadas por González (1957, 1960), Núñez Regueiro (1998) y Angiorama (1995). Las mues- tras fueron recolectadas en distintas campañas de cam- po (ver tabla [).
Las dataciones fueron publicadas y discutidas por los autores en diversos trabajos y corresponden a:
1. Y. 558 (datación radiocarbónica argentina n.o 3) (González 1957; Stuiver et al. 1960). Procedente de una muestra de carbón vegetal de una habitación cuadrangular, Piso del Recinto 1, en un contexto con cerámica Ciénaga grabada en abundancia que fue asignado a Alamito I según González (1960) y Núñez Regueiro (1998: 191-193), aunque según Stuiver et al. (1960: 57) «la cultura asociada es Condorhuasi, fase Alamito», de acuerdo a la denominación del mo- mento. La muestra fue recolectada por Rex Gonzá- lez y W. Harvey en febrero de 1957 y enviada a datar en octubre de 1957 y agosto de 1958 al Yale Natio- nal Radiocarbon Laborator).
2. L. 476 A (datación radiocarbónica argentina n.* 5) (González 1960; Olson y Broecker 1961). Realizada sobre carbón vegetal procedente del interior de un fogón del Sector A del Recinto B (n.? 1). Para Núñez Regueiro, correspondería a madera carbonizada pro- veniente del techo (op. cít.: 191). Según González (1960: 322), se trataría de «troncos de 4 años y me- dio» en un contexto con cerámica Ciénaga y Con- dorhuasi asignable a la fase Alamito L, con lo cual coincide Núñez Regueiro (1998). La muestra fue recolectada por González en febrero de 1957 y en- viada a analizar por Junius Bird en febrero de 1959 al Laboratorio Lamont de la Universidad de Colum- bia, en Nueva York. De esta misma muestra se hicie- ron dos dataciones más: una del ácido húmico aislado del carbón, datado en 1380 + 220 años radiocarbó- nicos, y otra fechada en el laboratorio de Yale (la muestra Y, 558 descrita arriba) brindó una datación
MM
00
ne a
de 1630 + 60 años radiocarbónicos (Olson y Broecker 1961: 171).
. P. 344 (datación radiocarbónica argentina n.? 11)
(González 1960). Procedente del Recinto B (n.* 6), con un contexto de cerámica Ciénaga y Condorhuasi asignable a Alamito H. La muestra es de carbón ve- getal proveniente del techo según Núñez Regueiro (1998), recolectada en febrero de 1958 y analizada en septiembre de ese año y noviembre de 1960 en el laboratorio de radiocarbono de la Universidad de Pensilvania.
T. 220 (datación radiocarbónica argentina n.o 14) (González 1960: 324). Procedente del piso de la ha- bitación n.2 5, Montículo 2, de la unidad B (U. D. M2) (de la antigua denominación, o Recinto 2 C de la actual), en un contexto con cerámica Ciénaga y Condorhuasi asignado a la fase Alamito I. Se trata de un segundo piso de ocupación en una secuencia de cuatro pisos (Núñez Regueiro 1998: 192). Es una muestra de carbón vegetal, sin mayor información brindada por González, aunque Núñez Regueiro menciona que se trata de una muestra de madera car- bonizada proveniente del techo recogida en el piso. Fue recolectada en los trabajos de campo de 1952 y enviada a fechar en octubre de 1957 al laboratorio Trondheim, Noruega, y datada en mayo de 1960.
. L. 476 B, que proviene de la localidad de Agua de
las Palomas, es la datación radiocarbónica argentina n.2 6 (González 1960; Olson y Broecker 1961). Se trata de una muestra de carbón obtenida cerca de la superficie del interior de un fogón de la Capa 4 (0,80 m de profundidad) de la prueba estratigráfica R1 en el Sitio C, asociada a un contexto con cerámica Con- dorhuasi y Ciénaga. La muestra fue recolectada por Rex González en 1958 y enviada para su análisis por Junius Bird en febrero de 1959 al Lamont Geological Observatory, Columbia University.
UCTL 644 y UCTL 645. Corresponden a dos data- ciones de termoluminiscencia realizadas por Angio- rama (1995) sobre sendos fragmentos de tubos de cerámicas encontrados sobre el piso de ocupación del último nivel del Recinto 2, Sitio H-0.
LP 513 y LP 528. Corresponden a madera carboni- zada hallada en el Recinto 2-Piso A-Sitio H-0 (en una secuencia de tres pisos: A, B y C), pertenecien- do a la última ocupación del mismo. Las muestras fueron recolectadas por Angiorama (1995) y anali- zadas en LATYR.
. LP 569. Corresponde a madera carbonizada hallada
en el Recinto 2-Piso C-Sitio H-0 (en una secuencia
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Tabla I. Dataciones efectuadas por González (1959, 1960), Angiorama (1995), Núñez Regueiro (1998) y Gianfrancisco (2011), sin calibrar.
z
1630 + 60 27160 Madera carbonizada del último nivel de ocupación de la vivienda (Sitio B-O, Recinto 1) Y. 558 A de ocupación (Sitio D-O, Recinto 1) L.476A
Código Muestra [Años 14 AP [Años AD | Muestra |
1655 + 38 245 +38 Madera carbonizada del techo (Sitio D-1 Bda Recinto 6)
1659 + 100 241 + 100 Madera carbonizada del segundo nivel de ocupación de la vivienda (Sitio B-O, Recinto 2 C) 7.220 Madera carbonizada de fogón (Capa 4, Sitio 6) L.476B 1250 + 100 709 + 100
740 + 120 Fragmentos de tubo de cerámica (Sitio H-0 UCTL 645 1210 + 120 RECInia e)
0
Madera carbonizada del último nivel de ocupación de la vivienda (Piso A)
PO ra UN ocupación de la vivienda (Piso A) LP. 528 1600 + 70 350 + 70 Huesos de camélido del primer nivel de
ocupación de la vivienda (Piso C)
A | Conjunto de costillas de camélido de nivel de
peso omo — lo EE
AA89565 1578 + 45 372145 ocupación Sitio 13-1
1950 + 50 0 LP. 513
15
de tres pisos: A, B y C), perteneciendo a la primera
ocupación del mismo. La muestra fue recolectada por
Angiorama (1995) y analizada en LATYR.
9. LP-2224. Corresponde a un conjunto de 4 costillas de camélido en el nivel de ocupación del Recinto 31- 0. Las mismas poseían dos huellas de corte. La mues- tra fue recolectada por Gianfrancisco en 2009 y ana- lizada el mismo año en LATYR.
10. AA89565. Corresponde a una lámina de costilla de camélido recuperada a 68 cm de profundidad, en el nivel de ocupación del Recinto 13-1. La muestra fue recolectada por Gianfrancisco en 2010 y analizada ese mismo año en la LATYR NSF- AMS Facility de la University of Arizona.
Si nos detenemos a analizar la naturaleza de las mues- tras de madera del techo de los recintos seleccionadas para efectuar las dataciones radiocarbónicas de Gonzá- lez (1959, 1960), resulta lógico pensar que lo que se
Fragmentos de tubo de cerámica (Sitio H-0, Recinto 2) UCTL 644 1055 + 100 845 + 100
está datando no es el momento de abandono de los si- tios sino una fecha en la historia de la vida del árbol, que puede ir desde el momento de corte de la madera con la que fueron construidos los techos hasta mucho antes, estimando que se trataría de troncos estructura- les de la techumbre, por lo cual serían lo suficientemente gruesos y, por ende, estarían sujetos a los problemas del conocido efecto old wood (Marconetto 2007). Esto úl- timo no dependerá solo de la edad del árbol en el mo- mento del corte sino también de la antigiiedad de los anillos de crecimiento sobre los cuales se realiza la da- tación (Núñez Regueiro 1998), esto es, el sector del tronco del cual se obtuvo la muestra.
Pese a la posibilidad de la presencia de este efecto en las dataciones, que hace difícil relacionar los contextos materiales con las dataciones de la madera —y descon- tando la posibilidad de reciclado de vigas—, es llama- tiva la coherencia entre la primera datación, la tercera
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y la cuarta, que ubican todas las fechas en un límite in- ferior alrededor de los 250 años d. C. (como se podrá apreciar también más adelante al calibrar las datacio- nes en la tabla II). De ser así, posiblemente, la cons- trucción de los sitios B-O y D-1 sería contemporánea, aunque no sus contextos culturales, según Núñez Re- gueiro, ya que corresponderían a dos fases distintas de Alamito (1 y Il, respectivamente), de acuerdo a la seria- ción cerámica de los montículos de cada sitio, como vimos recientemente más arriba.
Con respecto a las fechas de los sitios B-O y D-O, a partir de técnicas estadísticas para analizar la significa- tividad de la correlación entre las muestras del sitio B-0 y el D-0 (Núñez Regueiro 1998), el autor concluye que «las fechas no son significativamente diferentes» y pue- de calcular el promedio ponderado que brindan las siguientes dataciones medias:
— 262 + 52 d. C. para las dos fechas del sitio B-0.
— 271 + 45 d. C. para las dos fechas del sitio B-0 y la fecha del sitio D-O.
Estas fechas marcarían la «parte media de la historia de los sitios fechados».
Sin embargo, también se puede hacer otra lectura de los datos de la datación del sitio D-O de acuerdo a sus propiedades. Esta fecha (1560 + 100), según González (1962: 322), fue obtenida sobre troncos que tenían cua- tro años y medio (suponemos que estimando su edad a partir de su diámetro). Si así fuera, se trataría de la en- ramada del techo —calculando el grosor que puede tener una planta tan joven y considerando inclusive la reducción de volumen que se produce por la carboni- zación— y no de un elemento estructural que necesi- taría mayor grosor para su función portante. De este modo, esta datación estaría dando una fecha cercana al montaje del techo o a la última renovación de la enra- mada, lo cual hace confiable esta datación y eliminaría el efecto old wood al que me refería antes. Si fuera de un fogón, como dicen Olson y Broecker (1961), tam- bién se estaría datando un evento de poca duración de un leño joven, recién recolectado, por lo cual una fe- cha sin calibrar de 343 años A. D. estaría marcando un momento confiable de la ocupación de dicho sitio (la última del sitio D-0 según Núñez Regueiro 1998).
En relación a la datación del sitio D-1 (1655 + 38), Núñez Regueiro (1998) considera que debe mantenerse en reserva ya que su edad sería demasiado antigua (245 + 38 d. C.) para su esquema cronológico, si tenemos en cuenta que la existencia de fragmentos Ciénaga Ne- gro/Crema y una vasija Alumbrera Tricolor, hallados en la capa superior del sitio, lo ubican en momentos fina-
les de la ocupación del área, o Alamito Il, según la se- riación de los montículos. Solo siguiendo las recomen- daciones de Polach y Golson (1966) de trabajar con dos desviaciones normales para obtener un grado de pro- babilidad entre más del 68,3 % y menos del 95,4 %, Núñez Regueiro plantea que podríamos situar el mo- mento de corte de la madera, de la que se obtuvo la muestra, en algún punto entre el 45 y 455 d. C. En función de todo esto, Núñez Regueiro considera que este sitio es representativo de la última fase de ocupa- ción del área. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, en realidad, como los anillos de los árboles mue- ren cada año, no se estaría datando la fecha de corte de la madera, sino la de la muerte de los anillos del sector fechado del tronco. Con este criterio, es perfectamente esperable que una datación del techo brinde una fecha mucho más antigua que la de la ocupación efectiva del recinto que techa, sobre todo pensando en madera de crecimiento lento como puede ser la de las especies usa- das para techos en la región, como el quebracho o el algarrobo (Marconetto 2007).
Con respecto a las dataciones de termoluminiscen- cia del recinto 4 del sitio S-0 efectuadas por Angiora- ma (1995), el autor considera que son sumamente du- dosas dado que se alejan demasiado de las dataciones conocidas para Alamito, e incluso para otros contextos Condorhuasi o Ciénaga, por lo que son desestimadas por él mismo y Núñez Regueiro (1998). Por otro lado, están las dataciones efectuadas en el Recinto 2 del sitio H-0 a partir de muestras de carbón vegetal procedente de techos, en dos de los casos, y de hueso de camélido en el tercero. Las primeras, del piso superior, o A, y la restante del piso inferior, o C (en una secuencia de tres pisos: A, B y C). El sitio H-0 fue ubicado mediante se- riación cerámica como correspondiente al inicio de la subfase Alamito Hb (360 a 420 d. C.), con presencia de todos los tipos Ciénaga característicos de Alamito, aunque en porcentajes reducidos, y escasa proporción de tipos Condorhuasi (Angiorama 1995: 191).
A partir de los datos expuestos, podemos observar que las dataciones radiocarbónicas realizadas sobre tron- cos son coherentes entre sí, pero difieren de la datación realizada sobre la muestra de material óseo, un mate- rial mucho más confiable para datar, ya que efectiva- mente fecha la muerte del espécimen. Además, las da- taciones resultarían estratigráficamente invertidas: el nivel estratigráfico más reciente es más temprano que el primer nivel de ocupación (Piso C). Está claro que aquí también ha incidido el efecto old wood y lo que se fechó es algún momento de la vida de los troncos que
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integraban el techo del recinto, construido antes de la aparición del hueso en el piso, que cayó o se quemó luego de la actividad de consumo y desecho del hueso. De hecho, a fin de datar la ocupación, el mismo autor (Angiorama 1995) valora como la fecha más adecuada y segura la edad de 350 + 70 d. C., teniendo en cuenta además su concordancia con otros sitios Formativos. Según el autor, esto estaría sustentado por las otras da- taciones conocidas para contextos Condorhuasi y Cié- naga (Angiorama 1995), así como por los resultados de la seriación del material cerámico decorado para este recinto, que lo ubica en la subfase IIb de la secuencia de ocupación de los sitios Alamito.
Por último, las dataciones efectuadas por Gianfran- cisco (2011) pertenecen a otra categoría de sitios dis- tinta a los «Patrón Alamito», a los cuales llamamos Re- cintos con Estructuras Anexas. Corresponden a recintos circulares y rectangulares con un pequeña estructura adosada en uno de sus lados, que se encuentran empla- zados próximos a los sitios «Patrón Alamito» (Núñez Regueiro 1970, 1998; Tartusi y Núñez Regueiro 1993) y, de acuerdo con la organización y uso de su espacio, son considerados por la autora (Gianfrancisco 2011) como unidades domésticas;' que si bien exhiben impor- tantes diferencias con los sitios «Patrón Alamito», las que se manifiestan tanto en objetos y recursos materia- les, prácticas de producción y construcción social del espacio poseen elementos que los vinculan como téc- nicas constructivas, estilos cerámicos, adornos y herra- mientas.
La datación del sitio 31-0 (1930 + 60 AP equivalen- te a 20 d. C.) resulta más temprana que cualquiera de las fechas consideradas aceptables para Alamito (a ex- cepción de las dataciones sobre madera carbonizada de los techos del sitio H-0 de Angiorama que, como vi- mos, brindaron fechas similares: 1950 + 50 y 1910 + 60 años). Esto llevaría la presencia de esta clase de sitio (Recinto con Estructura Anexa de planta subcircular a circular) a momentos anteriores a las ocupaciones ca- racterísticas de los sitios con patrón Alamito.
La datación del sitio 13-1 (1578 + 45, equivalente a 372 d. C.) se aleja mucho de la fecha del otro Recinto con Estructura Anexa y ubica a esta clase de sitio (Re- cinto con Estructura Adosada de planta rectangular) de manera coetánea con los sitios «Patrón Alamito» (en
LEl estudio de dichos recintos fue desarrollado de manera ex- tensa en otras publicaciones en las que se analizó la estructura- ción del espacio socialmente construido en sus diferentes escalas y materialidades. Para más detalle, consultar Gianfrancisco (2011, 2014, 2016a, 2016b) y Gianfrancisco y Fernández (2016).
términos de cronología relativa, en la transición entre las fases Alamito Ib y Alamito Ia).
DATACIONES DEL SITIO H-1
Las dataciones radiocarbónicas en este sitio se efec- tuaron sobre material óseo humano y animal, ya que provee mayor solidez a la construcción de cronologías eliminando errores atribuibles a la asociación muestra- evento y a diferencias significativas entre edad de corte y edad de uso de los troncos, a su preservación y posi- ble reutilización en ambientes áridos/semiáridos (sensu Carbonari et al. 2011).
En el sitio «Patrón Alamito» H-1, ubicado en la me- seta de 1800 ms. n. m., se efectuaron 4 dataciones en el Montículo 2 —que corresponde a la categoría de Re- cintos A en la clasificación de Tartusi y Núñez Reguei- ro (1993) — y una datación del Sector Este de la Plata- forma Norte. En el caso del Recinto Al, las muestras recuperadas para el análisis proceden del piso de ocu- pación de una secuencia de tres pisos (1, 2, 3) y, en el caso de la Plataforma, la muestra procede de la base de la misma. Las dataciones son las siguientes:
— 1la (AA10876). La muestra corresponde a material óseo de llama (Lama glama) recuperado en el primer piso de ocupación del Recinto A. La muestra fue re- colectada por Gianfrancisco (2014) y analizada me- diante '*C en el University of Arizona AMS Labora- tory con un resultado de 280-349 d. C. (Calendar Age Range 95 %), lo cual permite al menos conside- rarla entre los momentos tempranos de la ocupación.
— 11c (AA108649). La muestra corresponde a un frag- mento de fémur de llama (Lama glama) recuperado en el segundo piso de ocupación del Recinto A. La muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2014) y analizada mediante 'C en el University of Arizona AMS Laboratory con un resultado de 360-528 d. C. (Calendar Age Range 95 %).
— 11c (AA108650). La muestra corresponde a una cos- tilla de llama (Lama glama) recuperada en el tercer piso de ocupación del Recinto A, relacionado con la última ocupación efectiva del Recinto. La muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2016a) y analiza- da mediante '*C en el University of Arizona AMS La- boratory con un resultado de 540 a 645 d. C. (Ca- lendar Age Range 95 %).
— 11d (AA109973). La muestra corresponde a dos cos- tillas de camélido (Lama glama) recuperadas en el piso de ocupación del sector exterior del Recinto A. La
Me
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muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2016a) y analizada mediante '*C en el University of Arizona AMS Laboratory con un resultado de 433 a 585 d. C. (Calendar Age Range 95 %), siendo relativamente contemporánea a la ocupación del Recinto A.
— 12 (AA109972). La muestra es un fragmento de fé- mur humano recuperado en un contexto de entierro correspondiente a un fardo funerario situado por de- bajo de la Plataforma Norte. Además, se identifica- ron huesos largos (tibia y peroné) pertenecientes, por lo menos, a dos individuos adultos, huesos de un pie (calcáneo, astrágalo, escafoides; metatarsiano y falan- ges 2, 3 y 4), 1 hueso de la cadera y 3 vértebras lum- bares. La muestra fue recolectada por Gianfrancisco (2016a) y analizada mediante '*C en el University of Arizona AMS Laboratory con un resultado de 410 a 543 d. C. (Calendar Age Range 95 %).
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
La revaluación de la dataciones efectuadas por Gon- zález, Núñez Regueiro y Angiorama, junto a los apor- tes realizados por las nuevas dataciones llevadas a cabo en los sitios 31-0, 13-1 y H-1, llevan a proponer un nuevo encuadre temporal que exhibe importantes di- ferencias con el panorama cronológico previo.
Desde la perspectiva de las dataciones absolutas, el espectro de fechas confiables se ve altamente disminui- do con los estándares actuales de interpretación y confiabilidad. Estos problemas están relacionados so- bre todo con la naturaleza de la muestra, ya que en las dataciones efectuadas por González y Núñez Regueiro se utilizaron grandes cantidades de troncos (de manera tal que se asegurase una muestra suficiente), lo cual re- sulta comprensible dado que cumplía con los estándares mundiales del momento. Esto se debe a que al inicio de la década de 1950 poco era lo que se había desarro- llado teórica y empíricamente en torno a los problemas de las dataciones. Es entendible así la falta de conside- ración del efecto old wood, prácticamente impensable para el momento; ni tampoco había mucho desarrollo teórico sobre la relación entre datación y evento (La- guens 2004; Marconetto 2007), por lo cual buscar muestras de especímenes de corta vida —ramas peque- ñas— no era una meta. Asimismo, los métodos no permitían la datación de muestras pequeñas, por lo que aun fechando hueso era necesaria una muestra grande para la obtención de colágeno, razón por la cual no había seguridad en una excavación estratigráfica de que
los huesos pertenecieran al mismo animal y no se estu- viera obteniendo una fecha media de las edades de muerte de individuos de distinta edad, considerándose por ello más confiable la datación de un mismo espéci- men —un tronco— en tanto más aproximado a la fecha de un evento. Esto y los intentos de Núñez Regueiro (1998) por interpretar las dataciones de manera cohe- rente con la seriación cerámica, estimando medias, jugando con una o dos desviaciones estándar según el caso y analizando valores de significatividad, ayudó a elaborar un marco cronológico que organizó la secuen- cia del área.
Sin duda, las dataciones de los sitios Alamito en su momento marcaron un hito histórico en el desvela- miento de las cronologías absolutas del NOA y fue el comienzo de la secuenciación cronológica absoluta de la región. Sin embargo, hoy creo prudente considerar aquellas fechas que resultan más confiables, por lo que quiero rescatar dos de las dataciones: la FRA n.* 5, de ramas de un fogón (o del techo, pero ramas en defini- tiva) del Recinto D-0, fechadas en 343 d. C., y la data- ción sobre hueso de camélido del piso más antiguo del Recinto H-0, fechado en 350 d. C.
Las otras dataciones sobre troncos es preferible de- jarlas en reserva hasta que nuevas dataciones puedan fil- trar la posible incidencia del efecto old 1w00d que impi- de estimar con precisión la ocupación de los sitios; por ahora, estos solo nos estarían mostrando un post quem para las ocupaciones, indicando que al menos los sitios no pudieron haber sido construidos antes de esas fe- chas (alrededor del 250 d. C.), sin por ello estar datan- do de forma fehaciente las ocupaciones (Gianfrancisco 2011).
Con el objeto de integrar toda la información pro- porcionada por las dataciones, se realizó una calibra- ción de todas las fechas a años calendáricos, utilizando para ello el programa Oxcal 4.3. Los resultados obteni- dos se presentan en la tabla IL, donde se resaltan en cur- siva las calibraciones con los rangos de mayor probabi- lidad y, en negrita, las muestras confiables, de acuerdo con los criterios explicitados más arriba.
Podemos observar que las calibraciones tienden a agruparse en tres bloques: uno más temprano, que in- cluye la datación del recinto 31-0 y los techos del re- cinto H-0, ubicado entre inicios de la era cristiana y el 100 d. C.; luego un bloque con más casos, que incluye el resto de las fechas de techo de los sitios Alamito y las otras tres dataciones confiables: la del recinto 13-1 so- bre hueso, el material óseo del piso C del recinto H-0 y las ramas del piso 1 del sitio D-0 y las dataciones del
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Tabla II. Dataciones calibradas. OxCa/ 4.3, Bronk Ramsey (2018).
MUESTRA (años C** AP) 68.2 % probabilidad 95.4 % probabilidad H-0a Techo (1950 + 50) 101 d. C. (10.1 %) 123 d. C. 6 a. C.-222 d.C. R 31-0 Hueso (1930 + 60) 7 a.C. (66.3 %) 134 d. C. 12 a. C.-247 d. C. H-0b Techo (1910 + 60) 217-140 d. C. 17 a. C.-253 d. C. Techo Recinto 6b (1712 + 66) 258-415 d. C. 225-540 d. C. Piso Recinto 2 C Sitio B-0 (1660 + 100) 323-475 d. C. 222-640 d. C. Techo Recinto 6d Sitio D-1 (1656 + 58) 326-436 d. C. 337-538 d. C. Techo Recinto 6a (1645 + 66) 335-442 d. C. 333-598 d. C. Piso del recinto 1 Sitio B-0 (1630 + 60) 322-459 d. C. 340-604 d. C. Techo Recinto 6c (1610 + 66) 354-540 d. C. 363-665 d. C. Agua de las Palomas (1250 + 100) 675-872 d. C. 653-1015 d. C. H-0 Hueso (1600 + 70) 391-545 d. C. 366-641 d. C. Piso Sector A Rto 1 Sitio D-0 (1530 + 100) 425-613 d. C. 357-766 d. C.
R 13(1) Hueso (1578 + 45) 413-535 d. C. 420-607 d.C. Sitio H-1 Recinto A Piso 1 (1790 + 32) Hueso camélido 224-333 d. C. 218-372 d.C. Sitio H-1 Recinto A Piso 2 (1672 + 32) Hueso camélido 375-477 d.C. 360-528 d. C. Sitio H-1 Recinto A Piso 3 (1515 + 32) Hueso camélido 578-636 d. C. 540-645 d. C. e A - Sector Exterior (1583 + 23) Hueso 480-509 d. C. 433-585 d. C. Plataforma Norte (1629 + 27) Fémur humano 427-519 d.C. 410-543 d. C.
sitio H-1, todas ellas ubicadas aproximadamente des- pués del año 300 hasta el 645 d. C.; y, finalmente, la datación de Agua de las Palomas, en un bloque tempo- ral posterior al 600 d. C. Creo que este ordenamiento temporal resulta interesante en varios aspectos, más allá de los problemas señalados con respecto al efecto old wood y la confiabilidad de las dataciones. En primer lugar, con respecto a nuestros propios sitios y datacio- nes, se ubican netamente en dos bloques temporales diferentes: el sitio 31-0, predatando cualquier asenta- miento netamente Alamito, y el sitio 13-1 contempo- ráneo de ellos. Si bien son limitadas en su cantidad, las dataciones radiocarbónicas estarían ubicando de ma- nera absoluta esta diferencia.
En segundo lugar, llama la atención la concentración de las dataciones de los sitios «Patrón Alamito» con ma- yor probabilidad (en cursiva en la tabla II) en un mis- mo bloque temporal, de manera bastante homogénea y, notablemente, en el mismo bloque en el cual se inte- gran las dataciones confiables en hueso y ramas peque- ñas. Se desconoce qué factor puede estar incidiendo en esta configuración, pero creo que los árboles utilizados para los techos habrían sido todos más o menos con- temporáneos. Ello quizás se deba a que hayan seleccio- nado especímenes de un mismo tamaño, y por ende de igual edad, de acuerdo con criterios y requisitos fun- cionales para la fabricación de techos. De ser esto así, también significaría que fueron cortados dentro de un
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lapso acotado, ya que ante la exigencia de un tamaño/ edad determinado, con el paso del tiempo se seleccio- narían árboles de la misma edad relativa pero más jóve- nes en el tiempo físico absoluto, y ello debería reflejarse en las dataciones, cosa que no sucede. Luego, es tenta- dor pensar que las dataciones en hueso del sitio H-0 y la de ramas del sitio D-0 están señalando una ocupa- ción efectiva de los sitios tipo «Patrón Alamito», cons- truidos todos (al menos aquellos fechados) en un lapso más o menos contemporáneo. Junto con ellos, en apa- riencia, se siguen construyendo y usando sitios con es- tructuras anexas como es el caso del 13-1.
Finalmente, no podemos dejar de considerar el pro- blema que se plantea a partir de este ordenamiento con el esquema cronológico relativo establecido en dos fa- ses, Alamito 1 y IL a partir de la combinación de data- ciones absolutas con dataciones relativas de frecuencias cerámicas.
Si consideramos las dataciones absolutas, las fechas más antiguas de Alamito, que para Núñez Regueiro (1998: 192) marcarían el inicio de la subfase la (240 d. C.), no estarían indicando ese evento pues, como ya vimos, están datando algún momento de la vida de la madera del techo y no una acción humana. La fase II, también datada por madera de troncos, fue definida por el autor a partir del valor máximo de dos desviaciones estándar —a diferencia de las otras fases que solo to- man una—, por lo cual su ubicación en el momento considerado (445 d. C.) es de baja probabilidad. De todos modos, las únicas fechas seguras de ocupaciones Alamito se ubican en ese momento (sitios H-0 y D-0).
Si consideramos ahora la cronología relativa, los cam- bios en las frecuencias de las clases cerámicas decoradas fueron acotados en estos dos extremos de las datacio- nes absolutas, por lo cual cubrirían un lapso de entre 200 y 260 años, según Núñez Regueiro (1998: 193), con cuatro intervalos o «momentos» —1) sitios B-0 y D-0; 2) sitios 1-0, C-0 y O-1; 3) sitios H-0 y M-1, y 4) sitios D-1 y G-1—. Este lapso fue dividido luego en cuatro bloques homogéneos de 60 años, los que defi- nen cada una de las subfases: Alamito la, Ib, Ila y Ib.
Está claro que Núñez Regueiro intentó combinar dos formas de construir el tiempo con las dataciones: la ab- soluta y la calendárica, con el tiempo secuencial y cul- tural de una duración. Pero creo que con la interpreta- ción actual de las dataciones radiocarbónicas —dejando de lado toda consideración teórica sobre la seriación, las tasas de cambio y los significados otorgados al con- cepto de estilo— no podemos seguir sosteniendo esa intención en la actualidad.
De este modo, una visión actualizada de la cronolo- gía de los sitios Alamito muestra una ocupación de va- rios cientos de años, desarrollada desde principios del siglo I (vinculada a algunos sitios medianos) hasta el siglo VIT (vinculada a sitios «Patrón Alamito»).
En este sentido, las investigaciones efectuadas en los sitios medianos, correspondientes a la categoría de Re- cintos con Estructuras Anexas (Gianfrancisco 2011, 2016a, 2016b) darían cuenta de una ocupación tem- prana para comienzos de la era cristiana, vinculada a un modelo de asentamiento abierto con estructuras que comparten ciertos aspectos de su cultura material, morfología, arquitectura y una inversión en la construc- ción del paisaje de bajo impacto. Algunos de estos si- tios, como en el caso del Recinto 31-0, pueden corres- ponder a las primeras ocupaciones del área, mientras tanto, otros como el sitio 13-1, con una datación que ubica su ocupación entre 393-582 d. C, indicaría que se siguen construyendo y usando en el tiempo (Gian- francisco 2011). Ahora bien, los datos proporcionados por las dataciones radiocarbónicas efectuadas por Núñez Regueiro (1998) y Angiorama (1995) nos informan de que cerca del 350 d. C., en el mismo espacio natural, se registraría ya la presencia de sitios «Patrón Alamito». Estos sitios presentan una organización espacial y es- tructural mucho más compleja que las que caracteriza- ban a las primeras unidades residenciales de esta zona, con un patrón recurrente representado por los sitios «Pa- trón Alamito», compuestos por una variedad y canti- dad de recintos formando un agregado de patrón ra- dial donde se complementan a nivel funcional.
A ello se suman prácticas de producción, innovación en el trabajo artesanal vinculado al trabajo de metales y escultura lítica, aumento cualitativo y cuantitativo de los artefactos óseos y prácticas rituales de escala domés- tica y comunal. Sin embargo, estas diferencias en el di- seño arquitectónico productivo-residencial no son tan marcadas en otros aspectos, como el tecnoestilístico de la cultura material, ya que se han registrado estilos ce- rámicos (aunque en menor variedad) y técnicas cons- tructivas similares (Gianfrancisco 2011, 2016a, 2017). Las diferencias entre los sitios grandes y los medianos no estarían forzosamente dando cuenta de diferencias de orden jerárquico, sino que probablemente nos es- tén indicando funciones y momentos —en algunos ca- sos— diferentes (Gianfrancisco y Fernández 2016).
Un dato sumamente importante a subrayar son las dataciones radiocarbónicas efectuadas en el Recinto Al y la Plataforma del sitio H-1; dan cuenta de la ocupa- ción del sitio en un rango temporal mucho más am-
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plio de lo que se pensaba hasta el momento, lo que per- mite proponer que la preponderancia de estrategias de reproducción biológica tendieron hacia la residencia continuada en ese espacio ocupado durante unos tres siglos como mínimo. La datación de la Plataforma de- bería ser cotejada con otras muestras, ya que ubica la construcción de la misma en momentos posteriores al 415 d. C. y no resulta contemporánea de la primera ocupación del Recinto A. Tal vez esto se deba a que la plataforma fue sometida a los mismos eventos de re- construcción de los Recintos A y B, y fue en esa última reconstrucción en la que se depositó el fardo funerario.
En una escala general, esto lleva a repensar la posibi- lidad real de la existencia de un paisaje persistente a tra- vés del tiempo con la construcción de asentamientos aldeanos con espacios para la realización de ceremonias rituales públicas.
En una escala particular, la extensa ocupación del Recinto Al, e incluso de los sitios «Patrón Alamito», supera la permanencia de 50 a 60 años propuesta por Núñez Regueiro (1998). De acuerdo con lo que plan- tea Hodder (2005), estos procesos de reconstrucción y
Agradecimientos
superposición de pisos en viviendas suelen estar rela- cionados con transferencias y transformaciones que re- fuerzan la vigencia de «memorias históricas», sobre todo si tenemos en cuenta el aspecto «funerario» de la arqui- tectura, con los aspectos relacionados con la muerte hu- mana dentro del afán de transmitir o crear memoria. Esta continuidad en el uso del espacio residencial su- giere una estrecha vinculación entre objetos, estructu- ras, lugares y actividades que puede relacionarse con la ancestralidad (Nielsen 2006). En este sentido, uno de los cementos más fuertes que podían aglutinar a los colectivos que se generaban en estos lugares eran las referencias a vivencias, personas y objetos del pasado, todos ellos rasgos propios y apropiados de cada espacio residencial (Salazar y Franco 2015).
Este nuevo esquema propuesto requiere de mayores precisiones y está lejos de ser concluyente. Solo el aporte de nuevas excavaciones y dataciones sobre materiales procedentes de contextos donde se cumplan las condi- ciones de asociación y sincronía permitirán ratificar, o no, nuestras interpretaciones para el avance en el pro- ceso de construcción de cronologías.
Agradezco profundamente a Víctor Núñez Regueiro y Marta Tartusi por permitirme trabajar en Alamito y este trabajo va con mucho respeto tratando de colaborar con todo aquello que ellos han construido. Al Dr. Laguens por el gran aporte realizado en el análisis de la cronología de Campo de Pucará, que sentó las bases de este manuscrito. A José Dlugosz, Andrea Bertelli y Piero Dimarco por su apoyo y compromiso en nuestro trabajo.
Sobre la autora
María SOLEDAD GIANFRANCISCO es Arqueóloga por la Universidad Nacional de Tucumán (2002) y Doctora en Ciencias Naturales por la Universidad Nacional de La Plata (2011). Actualmente, desempeña sus investigaciones en el Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de
Argentina. Correo electrónico: solegianfrancisco Oyahoo.com.ar.
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 16-28. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
LA FRONTERA NORTE DE MESOAMÉRICA Y LA CULTURA BOLAÑOS The Northern Border of Mesoamerica and the Bolaños Culture
María Teresa Cabrero G.
Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México (cabrerotBunam.mx)
Cultura Chalchihuites
San Martín de Bolaños
is Cuenca del Lago Magdalena
Jalisco
Figura 1. Localización de la cultura Bolaños.
RESUMEN. La cultura Bolaños se desarrolló a todo lo largo del cañón de Bolaños, ubicado en el norte de Jalisco, con características del occidente y norte de México. Uno de los factores para la colonización de la región fue esta- blecer contactos comerciales con la zona de Chalchihuites, donde se explotaba la piedra verde considerada «sagrada» por representar el agua, la vida y la fertilidad. Establecie- ron una ruta comercial que les permitió intercambiar ob- jetos, ideas y conceptos con los integrantes de las caravanas
provenientes del centro de México, quienes se dirigían a los yacimientos de turquesa de Nuevo México.
PALABRAS CLAVE. Frontera norte; Mesoamérica; cultura Bolaños.
ABSTRACT. The Bolaños culture developed throughout the Bolaños Canyon, located in the north part of the state of Jalisco (Pacific coast of. Mexico), with features from the
Recibido: 9-7-2018. Aceptado: 13-7-2018. Publicado: 20-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3902.
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
western and northern cultures of Mexico. One of the fac- tors for the colonization of this region was to establish commercial contacts with the geographical area of Chal- chihuites, where was exploited the “green stone”, considered sacred as it represents water, life and fertility. They estab- lished a trade exchange route that allowed them to exchange objects, ideas, and concepts with the members of the cara- vans coming from central Mexico, who were heading to the turquoise deposits in New Mexico.
KEYWORDS. Northern border; Mesoamerica; Bolaños culture.
INTRODUCCIÓN
Antes de empezar a desarrollar el tema de este traba- jo sobre la cultura Bolaños, deseo manifestar mi opi- nión en relación a «la frontera norte de Mesoamérica». Considero que es tiempo de dejar de lado los términos de «frontera» y «Mesoamérica». La definición de Me- soamérica sirvió en su momento para distinguir los lí- mites de las sociedades complejas que se desarrollaron en el centro y sur del país (Kirchhoff 1960). Por otra parte, se establecieron horizontes culturales que abar- caban el desarrollo integral en cada uno; así se recono- cieron el Preclásico, Clásico y Posclásico definiendo el periodo cronológico que abarcaba cada uno de ellos y lo que conllevaban (Piña Chan 1960, 1967, 1997).
En aquellos momentos, el occidente y el norte de México eran prácticamente desconocidos; sin embar- go, en las últimas décadas se han multiplicado los estu- dios en ambas áreas geográficas, por lo que ahora nos permiten concebir la presencia de diversas culturas, cada una con su propia idiosincrasia, no menos importan- tes que las típicamente «mesoamericanas».
Por otra parte, las fronteras norte y occidente de Mesoamérica fueron creadas artificialmente para deno- tar hasta dónde se presentaba la suma de marcadores arqueológicos que caracterizaban a las culturas estudia- das en aquellos tiempos (Kirchhoff 1960); sin embargo, aun así fue mala decisión emplearlas porque, como ya dije, cada sistema cultural dentro del occidente y el norte de México tiene su propio valor; su desarrollo depen- dió en gran parte de la adaptación al ambiente natural donde evolucionó en conjunción con otros factores so- ciales, económicos e ideológicos.
El uso de los términos de los horizontes culturales originales se nulificó al emplearlos únicamente como marcadores cronológicos sin importar la designación
comparativa de los horizontes culturales originales; es decir, si al sitio que se investiga se le asigna una deter- minada cronología se cataloga como Preclásico, Clási- co o Posclásico sin importar el nivel de desarrollo so- ciocultural que presenta y todo lo que entraña cada horizonte cultural mesoamericano.
Hoy en día estamos en un nivel suficiente de cono- cimientos arqueológicos como para señalar que el mun- do prehispánico de México sostuvo un cúmulo de sis- temas culturales que alcanzaron diferentes niveles de complejidad, desde nómadas hasta sociedades comple- jas, y su estudio debe estar de acuerdo con su ubicación geográfica. A la región norte y la de occidente se les debe asignar únicamente el periodo cronológico con fechas de aquel al que pertenecen y señalar el nivel de desarrollo alcanzado. De esa forma, se quitarán los com- plejos de pertenecer o no a Mesoamérica evitando re- ducir los horizontes culturales a meros marcadores cro- nológicos.
Con lo anterior trato de decir que las culturas, pue- blos o sociedades que existieron en el norte y el occi- dente de México deben mostrar su propia cronología y su propio nivel de desarrollo sin tener que recurrir a los horizontes culturales propuestos para Mesoamérica.
LA CULTURA BOLAÑOS
El cañón de Bolaños corre de norte a sur a partir del valle de Valparaíso, en el suroeste de Zacatecas, hasta la confluencia con el río Grande de Santiago, en los lími- tes de Jalisco y Nayarit. Su situación geográfica propi- ció su ocupación por grupos procedentes del centro de Jalisco interesados en establecer relaciones comerciales con la zona de Chalchihuites (situada en el centro de Zacatecas), donde se explotaba la codiciada piedra azul- verde (malaquita) considerada «sagrada» por todo el mudo prehispánico, ya que era símbolo de vida, agua y fertilidad (fig. 1).
La ocupación del cañón se inició en los primeros años de la era cristiana (de acuerdo con las fechas de '*C que se obtuvieron) hasta alrededor de 1120 d. C., momen- to en el que decaen los asentamientos y fueron aban- donándose hasta que en 1260 d. C. la cultura y sus asen- tamientos habían desaparecido totalmente.
A propósito de este trabajo, se ha dividido en dos grandes periodos: en el primero, a partir de 35 d. C. hasta 440 d. C, sobresale la costumbre mortuoria de entierros en tumbas de tiro; y durante el segundo, de
500 d. C. hasta 1120 d. C. (fechas obtenidas a partir
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E Estructura Tumbas de tiro Juego de pelota
3-7 Templo
Zona de entierros
Entierros
NORTE
Figura 2. Sitio El Piñón, Bolaños, Jalisco.
del **C), hubo un cambio social y cultural debido a la entrada de grupos procedentes del norte, de filiación probable con los tepehuanes, como sucedió siglos más tarde con la migración de los tepecanos. En ambos pe- riodos se observó la influencia de otras culturas, al nor- te desde Chalchihuites y La Quemada, al sur desde la zona central de Jalisco y el oeste de Nayarit.
La migración de grupos procedentes del centro de Jalisco —cuyos rasgos característicos eran los conjun- tos circulares y las tumbas de tiro— penetró en el ca- ñón encontrando un ambiente natural muy distinto a
su lugar de origen, por lo que seleccionaron el primer valle que encontraron (San Martín de Bolaños), fun- dando el centro más importante desde el cual contro- lar la ruta de intercambio recién establecida. Ocupa- ron el cerro de El Piñón (fig. 2) y frente a este, a orillas del río que atraviesa el cañón, fundaron Pochotitan (fig. 3) aprovechando el terreno plano en la margen oeste. En el primero se establecieron el gobernante rodeado por su grupo de poder, los dedicados al culto, los arte- sanos ceramistas y los que elaboraban objetos de pie- dra (obsidiana, pedernal y piedra volcánica). En el se-
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Figura 3. Sitio Pochotitan.
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Figura 4. Sitio La Florida.
gundo aprovecharon el terreno plano que ofrecía la margen del río para construir un conjunto circular cu- yas funciones serían efectuar las transacciones comer- ciales con las caravanas de comerciantes que pasarían por el río en ambas direcciones. En ambos sitios se cons- truyeron tumbas de tiro.
Durante el periodo de adaptación y construcción de estos dos asentamientos, un segundo grupo continuó su marcha hacia el norte del cañón hasta llegar al inicio de este en el valle de Valparaíso. En ambos lados exis- ten mesetas que fueron aprovechadas para asentarse fun- dando conjuntos circulares y tumbas de tiro (sitios La Florida y La Pila del Álamo) (Cabrero y López 2009) (fig. 4) con la probable intención de controlar la entra- da al cañón. A todo lo largo existen sitios dispuestos unos frente a otros, confirmando la existencia de la ruta comercial, su probable control y el abastecimiento e in- tercambio de mercancías (fig. 5). Desde el inicio de su desarrollo, la cultura recibió la influencia de Chalchi- huites, reflejándose en los motivos decorativos de la ce-
rámica; se registró la presencia del tipo cloisonné en La Florida, fechado en 50-150 d. C. en El Piñón y en Po- chotitan (Cabrero 2012) (figs. 6 y 7).
La cerámica incisa originaria de Chalchihuites fue reproducida en Bolaños con baja calidad en la elabora- ción, pero con similares motivos decorativos; se encuen- tra con frecuencia en los tres sitios antes mencionados durante ambos periodos. La cerámica al negativo se manufacturó intensivamente y con un alto nivel de perfección; en las tumbas de tiro dominan las vasijas con esta técnica (Cabrero 2014b). Este tipo cerámico aparece en Los Altos de Jalisco, donde se identificaron tumbas de tiro (Bell 1974). Se ignora si se originó en Bolaños o en Los Altos de Jalisco.
Durante este primer periodo, la ruta comercial se di- rige más hacia Nayarit, donde abundan las tumbas de tiro; así se encuentra el tipo «chinesco» en las tumbas de Bolaños y las urnas funerarias originarias de Bola- ños en zonas de Nayarit (Furst 1966; Yoma 1994; pre- sa de Aguamilpa).
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En el segundo periodo se presenta un cambio en el patrón de asentamiento: desaparecen los conjuntos cir- culares y, en su lugar, surge un patrón rectangular; esto se identificó en las laderas de Mezquitic (situado en la parte central del cañón), donde se observa claramente dicho cambio (fig. 8). Lo anterior podría deberse a la entrada de grupos procedentes del norte, muy posible- mente de origen tepehuane, asentados en Durango den- tro de la cultura Loma San Gabriel estudiada por M. Foster (2000).
En El Piñón y Pochotitan se observa también un cam- bio en el sistema constructivo. La ruta de intercambio comercial se extiende hacia la cuenca de Zayula, en el sureste de Jalisco, cuya evidencia arqueológica se tiene en las figurillas tipo «Cerro García» (Gómez Castélum y De la Torre 1996) descubiertas en El Piñón y en La Quemada, al norte, con la presencia de tiestos incisos semejantes. El contacto con La Quemada propicia la relación con las caravanas de comerciantes proceden- tes del centro de México que se dirigen hacia los yaci- mientos de piedra verde de Chalchihuites y a los de turquesa de Nuevo México (fig. 9).
En Bolaños se descubrió una máscara funeraria ela- borada con mosaicos de concha (Spondylus sp.), con un colgante de concha que reproduce una serpiente bar- bada; en el interior de su cuerpo muestra representa- ciones de chalchihuites y, en el exterior, gotas de agua (Cabrero 2014a) (fig. 10). También se descubrió una orejera con la representación de Tláloc, deidad teoti- huacana dedicada al agua (fig. 11).
Ambos elementos constituyen la prueba del contac- to con personas de origen teotihuacano que fue repro- ducido entre los artesanos bolañenses; debieron de se- leccionar esta deidad por ser el dios dedicado al agua y este elemento debió de ser muy importante para ellos debido al ambiente natural inhóspito en que vivían.
Lo anterior no implica la presencia de gente teoti- huacana en Bolaños, pero sí ratifica la existencia de la ruta de intercambio del interior propuesta por el Dr. Kelley hace varias décadas (Kelley y Kelley 1976).
Por otra parte, la ruta comercial que atravesaba el cañón de Bolaños favoreció el desarrollo económico y, por ende, el sistema cultural en general. La escasa ex- tensión de tierras de cultivo provocó el surgimiento de especialistas en concha y obsidiana, ambas materias pri- mas inexistentes en la región pero que llegaban a través de las caravanas de los comerciantes. De esa forma ten- drían productos que les permitieran intercambiar ob- jetos elaborados localmente por productos provenien- tes del exterior, tales como la sal, el tabaco, el algodón
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Figura 5. Centros de control de la región de Bolaños.
y, especialmente, la obsidiana y la concha. La evidencia de lo anterior procede de pequeños talleres de obsidia- na localizados en las terrazas de El Piñón, donde se re- cuperaron más de 2000 puntas de proyectil, raspado-
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Figura 7. Vasija restaurada con decoración seudo-cloisonné de La Florida.
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Proyecto Cañón del Río Bolaños Sitio La Manga, Rancho Viejo Mezquitic, Jalisco
Figura 8. Combinación de patrón rectangular y circular.
Yacimientos de turquesa
Golfo de México
Océano Pacífico
Figura 9. Ruta de intercambio comercial del interior (Kelley 1980).
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Figura 10. Máscara funeraria en Spondylus sp.
res y raederas; del taller de concha de Pochotitan, de restos de tejidos de algodón y de la figurilla hueca pro- veniente de una de las tumbas de tiro que representa a un personaje sentado en actitud de fumar (fig. 12). Se han encontrado en Durango y San Luis Potosí puntas de proyectil semejantes a las halladas en Bola- ños (Spence 1971; Braniff 1961); objetos de concha con la misma técnica de manufactura y acabado en Cerro del Huiztle (Manzo 1983). Por otra parte, cabe la posi- bilidad de que haya existido intercambio de productos marinos de la ruta comercial de Bolaños con la ruta comercial del interior que los condujo a Casas Gran-
des, donde se identificó la especie Persicula bandera. En El Piñón se recuperó esta especie con frecuencia en con- textos funerarios, mientras que en Casas Grandes se re- portó su presencia esporádicamente. Di Peso (1974) señaló una ruta probable que atravesaba la sierra de Durango hasta llegar a la costa de Culiacán y Sonora; pero en especial la especie Persicula bandera habita úni- camente en la desembocadura del río Bandera, situado en Jalisco, por lo que sería mas fácil obtenerla a través de la ruta de Bolaños.
Una de las evidencias arqueológicas que demuestran la actividad religiosa es el hallazgo de una cabecita hu-
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Figura 11. Representación de Tláloc.
mana de barro que formó parte de una figurilla sólida que exhibe una máscara de un animal identificado como tlacuache, significando la integración de la fauna local en la cosmovisión del grupo (Cabrero 2016) (fig. 13).
Un segundo rasgo arqueológico es la presencia de un objeto de uso desconocido encontrado en el interior de las habitaciones, con frecuencia clasificado como «tablillas»; a excepción de un ejemplar, se tienen solo fragmentos pero que denotan su forma y a veces sus dimensiones. Se trata de objetos planos o con una cur- vatura ligera muy gruesos, con decoraciones incisas O esgrafiadas diversas; algunos presentan decoración pin- tada en rojo. El único ejemplar completo muestra una curvatura ligera, tiene decoración pintada en rojo y ne- gro y se encontró sosteniendo el cráneo de un ser hu-
mano enterrado en algún momento del segundo pe- riodo (Cabrero 2017). Por desgracia, el entierro no se pudo excavar completamente por haber sido saqueado con anterioridad. Durante las excavaciones no se logró encontrar otro ejemplar en ningún entierro estudiado por nosotros (fig. 14).
La cultura Bolaños se originó a partir del interés de los pueblos del centro de Jalisco por establecer relacio- nes comerciales con la cultura Chalchihuites para ob- tener la codiciada piedra verde. Los grupos coloniza- dores llevaban un bagaje cultural que tuvieron que
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adaptar a un ambiente natural muy distinto; sin em- bargo, desarrollaron su propia idiosincrasia adoptando rasgos de las culturas que los rodeaban a través de la ruta de intercambio comercial que establecieron. Lo- graron controlar de forma independiente dicha ruta al- canzando un desarrollo complejo a nivel de cacicazgo, con estratos sociales bien definidos. Su economía se basó principalmente en el intercambio de productos y ma- terlas primas.
Su ideología se conservó de acuerdo con el bagaje cul- tural que traían (tumbas de tiro y conjuntos circulares) hasta la penetración de grupos extranjeros que impu-
sieron, de forma pacífica, nuevas modalidades en el sis- tema de enterramiento y en el constructivo. Durante Figura 13. Personaje con máscara de tlacuache ese periodo, las relaciones comerciales se ampliaron has- y adorno de peyote en las mejillas.
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Figura 14. Tablilla.
ta el sureste de Jalisco y el norte, con La Quemada con- servando siempre su relación con Chalchihuites. Ha- cia el siglo XIL, la cultura decayó tal vez por procesos
sociales y económicos extraños a la región que provo- caron su caída y desaparición.
La cultura Bolaños es buen ejemplo de un desarrollo sociocultural propio que recibió la influencia del occi- dente y el norte de México sin llegar a pertenecer ex- clusivamente a ninguno de ellos.
Agradecimientos
Para terminar deseo manifestar mi agradecimiento a la Universidad Nacional Autónoma de México, al CONACYT y al Consejo de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología por todo el apoyo que me brindaron durante 25 años de trabajo de campo y que aún prosigue con mi trabajo de gabinete.
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Alberto E. Pérez
Departamento de Antropología, Universidad Católica de Temuco, Temuco, Chile (aperezOuct.cl)
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Figura 1. Ubicación del sitio Los Radales 1 y otros sitios con alfarería de la tradición bícroma rojo sobre blanco en la cuenca Lácar.
Recibido: 3-7-2018. Modificado: 19-7-2018. Aceptado: 23-7-2018. Publicado: 30-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3903.
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RESUMEN. El sitio Los Radales 1 representa el primer estudio sistemático del recientemente caracterizado «sector oriental cordillerano del área arqueológica de la cuenca del río Valdivia». Se trata de un evento único de ocupación datado en 480 + 60 años AP (madera, LP 3035) en pleno contexto del Periodo Alfarero Tardío, con cerámica de la tradición bícroma rojo sobre blanco e incluyendo el primer registro oriental cordillerano de alfarería tricolor. Se presenta la caracterización de los conjuntos líticos y cerámicos del sitio, su cronología y se describen las principales características compartidas con otros conjuntos conocidos para las regiones de Panguipulli y Villarrica, en el área centro-sur de Chile.
PALABRAS CLAVE. Periodo Alfarero Tardío; Patagonia noroccidental; lítica; cerámica.
ABSTRACT. The site Los Radales 1 represents the first systematic study of the recently characterized “eastern cordilleran sector of the archaeological area of the Valdivian River Basin”. It is a unique occupation event, dating from 480 + 60 years BP (wood, LP 3035), in the context of' the Late Pottery Period; with ceramics from the red on white bichrome tradition, and including the first eastern cordilleran record of tricolor pottery. This paper presents the characterization ofthe lithic and ceramic assemblages of this site, its chronology and the main features shared with other known assemblages
from the regions of Panguipulli and Villarrica, in the central-southern area of Chile.
KEYWORDS. Late Pottery Period; northwestern Patagonia; lithics; ceramic.
INTRODUCCIÓN
Los Radales 1 (en adelante LR1) es un asentamiento a cielo abierto ubicado en una planicie de altura del sector centro-occidental del cordón Chapelco. Sus co- ordenadas son 40? 9 32” S y 71” 18” 44” W, y se en- cuentra a una altura de 853 ms. n. m. (fig. 1), al sur de la provincia de Neuquén, Patagonia Argentina. Actual- mente urbanizado, cuenta con un sector de bosque de radales (Lomatia hirsuta) y de cipreses (Autrocedrus chi- lensis). Zoogeográficamente, la zona pertenece al Dis- trito Subandino Neuquino (Gollán 1958). El sitio for- ma parte del «sector oriental cordillerano» del área arqueológica de la cuenca del río Valdivia (Pérez 2016). Se trata de un asentamiento que presenta un único even- to de ocupación con alfarería rojo sobre blanco carac- terística del Periodo Alfarero Tardío (fig. 2).
Por tratarse de un sitio singular en el contexto orien- tal cordillerano, se presenta un avance de las investiga- ciones realizadas, una descripción y caracterización de los conjuntos cerámicos con miras a su integración re- gional, y herramientas analíticas para la comparación con otros conjuntos cercanos en ambas vertientes de la
cordillera de los Andes. ASPECTOS METODOLÓGICOS Recuperación de los materiales
La metodología empleada incluyó la excavación de 4 cuadrículas de 1 x 1 m, la recuperación de artefactos
y el registro de estructuras en planta. La intervención estratigráfica arrojó un único evento de ocupación da- tado en 480 + 60 años AP (madera, LP 3035), calibra- da en 1 sigma corresponde a 1415-1498 cal. AD (0.9, área de relatividad), 1600-1607 cal. AD (0.04, área de relatividad), el cual concuerda con el momento en que las sociedades originarias de la cuenca valdiviana man- tuvieron un exitoso sistema económico mixto (Pérez 2016).
El suelo presenta una capa de humus superficial (0.07 m) y, debajo, un perfil homogéneo de más de 0.70 m de limo arcilloso, compacto, de color bezge, donde los elementos de mayor tamaño observados corresponden a artefactos líticos y cerámicos.
Análisis en laboratorio
El análisis cerámico será un estudio cualitativo y cuan- titativo (Convención Nacional de Antropología 1966; Orton et al. 1995; Calvo Trías et al. 2004) que con- templa los siguientes aspectos: decoración, caracteriza- ción de las inclusiones (distinguiendo materia prima, tamaño y distribución en la pasta), tipo de cocción y tratamiento de la superficie. Los criterios morfológicos para la caracterización de tipos cerámicos son los pro- puestos por Adán y Alvarado (1999), Adán et al. (2005) y Bahamondes Muñoz (2009). Finalmente, se compa- rarán las frecuencias de distribución de algunos rasgos característicos con otras áreas de estudio cercanas de am- bas vertientes de la cordillera de los Andes.
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Asas
Engobe blanco
Incisos
Engobe rojo
Dv? 80%,
Superficies grises
Via
Figura 2. Conjuntos alfareros del sitio LR1.
TECNOLOGÍA CERÁMICA
La muestra está conformada por 130 artefactos. En- tre estos, 111 (85.4 %) son fragmentos de cuerpos, seis fueron recompuestos y recalculados en cuatro; 14 pre- sentan engobe, cinco son rojos y nueve blancos. Entre estos últimos, dos presentan pintura, uno lineal roja y otro tricolor negra y blanca sobre ante. Hay tres frag- mentos de cuerpo de más de 10 mm de espesor con superficie pintada en color rojo. Dos fragmentos pre- sentan engrosamientos que sugieren ser parte de unio- nes con asas circulares. Finalmente, entre las piezas con engobe blanco, una presenta orificio de suspensión.
Equivalente estimado de vasijas (Eve)
Se tomaron múltiples variables para obtener el equi- valente estimado de vasijas (Eve). Primero a partir de
los bordes, a los que luego se agregaron los fragmentos decorados y, finalmente, se compararon las inclusiones de fragmentos que podrían corresponder a una misma pieza.
Como resultado, se identificaron siete grupos mor- fológicos y decorativos correspondientes a un Eve de 17 vasijas: un fragmento de cuerpo de vasija tricolor, un fragmento de cuerpo de vasija bícroma pintada, una vasija con engobe blanco similar al grupo morfológico de las botellas, dos vasijas con engobe colorado, dos vasijas pintadas en rojo correspondientes a ollas; otras ocho vasijas corresponden a distintas variedades de par- do-rojizo, asas cilíndricas, decoración incisa y presen- cia de engrosamiento de bordes. Una de estas es del gru- po de las ollas, otra es jarra o botella y la última un vaso o boca de jarro. Finalmente, dos vasijas de color gris con borde engrosado se adscriben al grupo de jarras y/ o vasos y otra al de las ollas.
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DISCUSIÓN
La alfarería utilitaria conserva aspectos morfológicos básicos del Periodo Alfarero Temprano (Pérez 2011, 2015), pero agrega a su repertorio vasijas con engobes blancos y rojos e inclusiones de cuarzo, vasijas con pin- tura geométrica roja sobre engobe blanco y grecas po-
lícromas. La datación convencional de '*C obtenida en el sitio LR1 es sincrónica a los hallazgos chilenos, ya que la presencia de alfarería tricolor es rara y está ca- sual mente circunscrita al siglo XV, asociándose a los mo- mentos finales de lo que algunos investigadores chile- nos han caracterizado como estilo El Vergel (Quiroz y Sánchez 2005; Bahamondes Muñoz 2009, 2010). For-
Figura 3 (tabla 1). Escala de redondeo: 1) muy angular; 2) angular; 3) subangular; 4) subredondeado; 5) redondeado; 6) bien redondo. Escala de homogeneidad: 1) muy pobre; 2) pobre; 3) equilibrada; 4) buena; 5) muy buena. C: cuarzo; Mb: mica biotita; Mm: mica moscovita, O: otros (Orton et al. 1995).
RECTO CO ECC EE EE EEE EI ROO E E E Es cuero [ista | rua | atea [zorro | 0 | 5 fosto[ 2 | 3. A e e Pp
ceo | ans O EE
Espesor
Mb
ORO O EEE EL E EEE roses | aaxaaxas | Paisa | Puso] 7ore oa | 00m [910 | 0530 | 2 [2 72 [cuero | soxzaxs | Putos | paa [roza] o [5 [osto|s [e 7 [cuero | 2ox20x5s | Paisa | aussca | over | cm [10 [oszo| 2 [2 Tre cuero | 2oxz0xés | Paisa | arseóa | 7ore oa] cmo | 5 [osto| 5 [2 7 [cuero | aexzexa | putos | Paso [roes2| cmo | 5 [osto|s [os A A Pomo | cm 0 | asso [29 [+
18 Asa 41x35 Pudo 5YR 7/3 C, Mb 10 0.5-1.0 redondeada 19 Asa en 35x31 x 13 Alisada 5YR 7/4 C, Mb, 10 0.5-1.0 3-4 cinta Mm 20 Asa 58 x42x2 Alisada | 7.5YR 7/2 C, Mb 10 0.5-1.0 3-4 3-4 redondeada 21 Trozo de 24 x23x8 Irregular | Irregular | Alteración Mb, C 2 masa térmica
e y 0
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LR1-N* 13
Figura 4. Vista de cortes analizados (muestras LR1 n.* 13, 14 y 18 de las figuras 2 y 3: tabla 1).
ma parte del repertorio de la recientemente denomi- nada tradición bícroma rojo sobre blanco (Adán et al. 2005), de la cual se han realizado previamente algunas consideraciones sobre sus aspectos formales (Pérez 2011) y algunos de sus elementos decorativos (Pérez 2017).
Entre los grupos morfológicos presentes en el sitio, se observan tanto vasijas para actividades de servicio (ja- rras, vasos) como de almacenamiento (botellones) y cocción (ollas), lo que refuerza el carácter de área de actividades múltiples, posiblemente residencial. Se ob- serva cierta diversidad tecnológico-funcional que po- demos caracterizar entre vasijas de paredes delgadas, menores de 5 mm, con inclusiones micáceas y otro gru- po de paredes más gruesas con inclusiones graníticas; todas presentan superficies finamente alisadas o puli- das. Las primeras están vinculadas al servicio, como los jarros y vasos, y las segundas a la preparación o cocción de alimentos, como las ollas.
Las decoraciones incisas lineales y el engrosamiento de bordes están representados en sitios de la cuenca del río Limay (entre otros, Aldazabal y Eugenio 2009; Cri- velli Montero 2010), pero no constituyen exclusiva- mente un rasgo singular oriental cordillerano, ya que se han encontrado desde la costa del Pacífico hasta la estepa oriental cordillerana y más allá (Pérez 2011). La escasa presencia de cerámica gris incisa y la ausencia de
decoración unguiculada (Belelli 1980) sugiere una afi- nidad de caracteres transversales (este-oeste) y menor vinculación a las cuencas del río Neuquén y su contra- parte occidental cordillerana.
La presencia de asas verticales es importante en el si- tio, lo que sugiere el transporte de productos o, por lo menos, cierta movilidad o circulación potencial de los mismos.
La gran diversidad de vasijas, observada mediante las inclusiones (figs. 3 y 4) y la decoración (figs. 2 y 3) es similar a la recientemente descrita para sitios de la li- míitrofe área andina occidental cordillerana (ver Reyes 2009; Reyes et al. 2003-04; Adán et al. 2007; Munita et al. 2010; Adán y Mera 2011; Navarro et al. 2011; Toro 2012 en Pérez et al. 2016).
CONCLUSIONES
La tecnología cerámica fue considerada escasa o rara en la Patagonia hasta hace poco tiempo. Los novedo- sos estudios en el sector boscoso y de transición del sur de la provincia de Neuquén muestran un importante desarrollo cerámico, hasta ahora poco conocido, y me- nos aún su vinculación a los desarrollos alfareros tras- andinos contemporáneos (Pérez 2011). Si bien el re- gistro de alfarería de El Vergel y Valdivia no es novedoso
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al oriente de la cordillera de los Andes, su presencia, al igual que la alfarería Pitrén, fue históricamente atribuida a movilidad, contactos, intercambios e interacción (Haj- duk ez al. 2007; Aldazabal y Eugenio 2009; Cúneo
territorialidad limitada, mediatizadas por la cordillera de los Andes (Pérez 2015). En este contexto, el sitio LR1 es el primer asentamiento residencial, emplazado al oriente de la cordillera de los Andes, caracterizado
2010; Cúneo et al. 2016; Berón et al. 2012; Silveira et al. 2013) entre poblaciones de diferente adscripción
como perteneciente a poblaciones que contaron con esta alfarería como parte de su cultura material y de su
identidad.
étnica o no, que mantenían relaciones sociales y/o una
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 36-43. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia.
MÁS DE 100 AÑOS ININTERRUMPIDOS DE REGISTRO GEOMAGNÉTICO EN MÉXICO: IMPLICACIONES EN LA DATACIÓN ABSOLUTA DE ALGUNOS EDIFICIOS HISTÓRICOS More than 100 Uninterrupted Years of Geomagnetic Record in Mexico: Implications in the Absolute Dating of Some Historic Buildings
Esteban Hernández-Quintero,' Avto Goguitchaichvili,? Rafael García-Ruiz,? Miguel Cervantes-Solano,* Gerardo Cifuentes-Nava *
! Servicio Magnético, Instituto de Geofísica, UNAM ? Servicio Arqueomagnético Nacional, Instituto de Geofísica, UNAM ? Laboratorio Interinstitucional de Magnetismo Natural, ENES, Campus Morelia, UNAM (avtoGgeofisica.unam.mx)
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Figura 1. El primer observatorio magnético formalmente instalado en México se situó en la azotea del Palacio Nacional, en funcionamiento desde septiembre de 1879 (Comisión Nacional del Agua 2012).
RESUMEN. En México funciona con regularidad, desde el año 1914, el Observatorio Geomagnético de Teoloyucan, proporcionando un registro casi continuo de la variación secular del campo magnético terrestre. En el presente trabajo
Recibido: 16-7-2018. Aceptado: 23-7-2018. Publicado: 30-7-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3904.
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se presenta una síntesis del registro geomagnético obtenido en México desde hace más de cien años. Con estos datos se ofrece una curva de variación secular regional la cual, dada su calidad técnica, se propone como herramienta de datación
arqueomagnética para este intervalo de tiempo.
PALABRAS CLAVE. Registro geomagnético; variación secular; datación arqueomagnética; México.
ABSTRACT. In Mexico, the Teoloyucan Geomagnetic Observatory has been operating regularly since 1914, providing an almost continuous record of the secular variation of'the Earths magnetic field. This work offers a synthesis of the geomagnetic record obtained in Mexico for more than one hundred years. With these data, we propose a regional secular variation curve which, given its technical quality, is proposed as an archaeomagnetic dating tool for this time interval.
KEYWORDS. Geomagnetic record; secular variation; archaeomagnetic dating; Mexico.
INTRODUCCIÓN
En el actual territorio mexicano se tienen referencias desde el siglo XVI (1576), cuando Cavendish efectuó mediciones magnéticas en La Paz, Cabo Corrientes y Manzanillo. Dudley hizo mediciones en el puerto de Veracruz (1630). En el centro de la actual República, las mediciones más antiguas fueron efectuadas en 1769 y 1775 por José Antonio Alzate y Joaquín Velázquez de León en Ciudad de México, así como por Alexan- der von Humboldt a principios del siglo XIX. En 1856 se actualizan los instrumentos de medición y se comien- za a medir la componente horizontal del campo mag- nético terrestre (Sonntag 1860).
En 1879 se instaló el Observatorio Meteorológico y Magnético Central de México en el Palacio Nacional (fig. 1), año en el que fungía como presidente Porfirio Díaz. El observatorio dependía de la Secretaría de Fo- mento. Para la instalación de los instrumentos, se cons-
Figura 2. Ejemplo de variación espacial de la declinación magné- tica en 1850, construida con los datos de R. Sandoval (1950) para la República Mexicana.
truyó, en la azotea del palacio, una caseta de madera y herrajes de bronce. Se instaló un magnetómetro unifi- lar Thompson para determinar H y D, una brújula de inclinación Negrette-Zambra y se nombró como jefe al ingeniero Vicente Reyes (Reyes 1884).
Es importante mencionar la obra de Rosendo San- doval (1950) como responsable del entonces departa- mento magnético; en su trabajo organizó todo el acer- vo de datos geomagnéticos acumulados hasta aquella época, dando sentido a las descripciones reportadas en algunas publicaciones de la época (fig. 2).
Durante las primeras dos décadas del siglo XX, y gracias al gran impulso global de la ciencia del geomag- netismo, se instala en Teoloyucan (19? 44” 47,49” N y 99% 10” 53.4” Y, a 2200 metros de altura). Medir las variaciones del campo magnético a alturas significati- vas fue de gran importancia para los estudios de aque- lla época, dada la inexistente tecnología satelital; asi- mismo, se aseguraba una permanencia prolongada en este sitio, dada la distancia que lo separaba de la ciudad de México (más de 50 kilómetros). La estabilidad ha sido, en un observatorio magnético, un requisito im- prescindible para medir de manera adecuada los elemen- tos magnéticos.
El Observatorio Magnético de Teoloyucan queda for- malmente a cargo del Instituto de Geofísica de la Uni- versidad Nacional Autónoma de México en 1949, año de su fundación. Tras la Secretaría de Fomento, el go- bierno central designa a esta universidad como respon- sable de su operación (1929) a través del Instituto de Geología, la cual pasa al Instituto de Geofísica a partir de 1949. Durante 104 años ha mantenido su posición geográfica, con tan solo un cambio menor en 1978 al ser reubicado a unos metros de la Presidencia Munici- pal del pueblo de Teoloyucan. Esta etapa marcó la pau- ta para dar una consolidación al observatorio como tal.
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Tabla 1a. Elementos del CMT registrados en el observatorio de Teoloyucan. La cursiva se refiere a los datos derivados de la onceava generación del campo internacional de referencia geomagnético IGRE11 para la localidad de Teoloyucan.
ANNUAL MEAN VALUES Teoloyucan Teo México COLATITUDE 70.254 Longitude 260.807 Elevation 2280 D[?] 19] H Xx Y z F
YEAR Deg min Deg min nT nT nT nT nT 1914.5 8 49.6 46.06 0 32275 31927 4722 33499 46517 1915.5 8.49037 0 46.1571285 0 32196.3898 31843.5397 4753.57751 33523.8365 46480.6963 1916.5 8 59.7 46.2249336 0 32121.2181 31763.9013 4777.78504 33524.8883 46429.4173 1917.5 9 5 46.292853 0 32046.0864 31684.2629 4801.99258 33525.9402 46378.2311 1918.5 9 6.6 46.3608864 0 31970.9947 31604.6246 4826.20011 33526.9921 46327.1378 1919.5 9 7.7 46.4290336 0 31895.9435 31524.9862 4850.40765 33528.044 46276.1379 1920.5 9 9.6 46.4972946 0 31820.933 31445.3479 4874.61518 33529.0959 46225.2317 1921.5 9 119 46.5479323 0 31753.4106 31375.3829 4885.12368 33517.2249 46170.1575 1922.5 E] 11.2 46.5986782 0 31685.9023 31305.4179 4895.63218 33505.3539 46115.1292 1923.5 9 13.4 46 29 31727 31317 5085 33413 46076 1924.5 9 14 46 39.9 31562 Sdis3 5064 33452 45991 1925.5 9 14.7 46 30.4 31601 31191 5077 33308 45913 1926.5 9 18.2 46 44.7 31590 31174 5107 33576 46101 1927.5 9 19.9 46 40.5 31379 30964 5088 33270 45733 1928.5 9 20.8 46 43.6 31340 30924 5090 33289 45720 1929.5 9 23.5 46 45.3 31303 30883 5108 33281 45689 1930.5 9 ds 46 I57AS; 31202 30781 5110 33314 45644 1931.5 9 29.2 47 1.3 31122 30696 5129 33410 45660 1932.5 9 30.6 47 2.6 31106 30679 5139 33407 45647 1933.5 9 33.8 47 5.6 31041 30610 5157 33396 45594 1934.5 9 36.1 47 AS 31017 30582 5174 33404 45584 1935.5 9 37.5 47 9 31007 30571 5184 33425 45592 1936.5 9 39 47 8.5 30932 30494 5185 33336 45476 1937.5 9 39.4 47 10.9 30883 30445 5180 33330 45438 1938.5 9 40 47 12.3 30847 30409 5180 33318 45405 1939.5 9 40.7 47 10.2 30832 30393 5183 33261 45353 1940.5 9 41.8 47 9.3 30825 30385 5192 33235 45329 1941.5 9 40.9 47 10.7 30781 30343 5177 33216 45285 1942.5 9 41.5 47 10.5 30736 30297 5174 33162 45215 1943.5 9 39.5 47 9.1 30722 30287 5154 33121 45176 1944.5 9 38.5 47 8.2 30709 30275 5143 33090 45144 1945.5 9 39.1 47 5.4 30672 30238 5142 32995 45049 1946.5 9 37) 47 1.6 30622 30192 5116 32869 44923 1947.5 9 37.2 47 0.7 30594 30164 5113 32822 44870 1948.5 9 28.4 47.1893221 0 30609.0694 30191.3126 5039.81909 32929 45041.2873 1949.5 9 25 47 5.2 30566 30154 5001 32878 44891 1950.5 9 21.6 47 4.2 30506 30100 4961 32794 44789 1951.5 9 18.7 47 3.1 30487 30085 4933 32752 44745 1952.5 9 15z 47 2.6 30467 30070 4903 32722 44710 1953.5 9 14.6 47 3.7 30487 30091 4897 32763 44753 1954.5 9 14.3 47 4 30475 30080 4893 32757 44741 1955.5 9 10.7 47 9.6 30339 29951 4839 32717 44619 1956.5 9 10.6 47 5.8 30312 29924 4834 32616 44527 1957.5 9 7 47 11.2 30254 29872 4794 32656 44517 1958.5 9 6.1 47 10.4 30232 29851 4782 32617 44473 1959.5 9 5.2 47 11:7 30189 29810 4768 32595 44428 1960.5 9 iS 47 10.3 30156 29781 4739 32534 44360 1961.5 8 59.5 47 10 30122 29752 4708 32491 44306 1962.5 8 SES) 47 9.9 30074 29713 4648 32438 44234 1963.5 8 45.8 47 10.3 30032 29681 4575 32400 44178 1964.5 8 47.5 47 8.6 30007 29654 4586 32341 44118 1965.5 8 43.6 47 9 29971 29624 4547 32309 44070 1966.5 8 37.6 47 183 29933 29594 4490 32350 44074 1967.5 8 32.4 47 11.6 29934 29602 4445 32318 44051 1968.5 8 30 47 14.7 29901 29573 4420 32341 44046 1969.5 8 24.9 47 16.4 29872 29550 4372 32342 44027 1970.5 8 18.6 47 21 29845 29532 4313 32399 44050 1971.5 8 13.2 47 2.3 29816 29510 4263 32016 43749 1972.5 8 9.6 47 3.4 29777 29476 4226 31995 43708 1973.5 8 7,2 47 3.3 29769 29471 4205 31984 43694 1974.5 8 0.3 47 5.6 29675 29386 4133 31926 43588 1975.5 7 55.4 47 3.7 29632 29349 4085 31846 43500 1976.5 7 47.5 47 3.4 29566 29293 4008 31769 43398 1977.5 7 39.1 47 1.2 29568 29305 3937 31730 43371
1978.125 7 33 47 2.9 29506 29250 3877 31694 43303
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Tabla 1b. Elementos del CMT registrados en el observatorio de Teoloyucan. La cursiva se refiere a los datos derivados de la
onceava generación del campo internacional de referencia geomagnético IGRE11 para la localidad de Teoloyucan.
ANNUAL MEAN VALUES Teoloyucan Teo México COLATITUDE 70.254 Longitude 260.807 Elevation 2280 D[] 119] H x Y z F D[”] YEAR Deg min Deg min nT nT nT nT nT
1978.5 7.791843 0 47.2385734 0 29524.2747 29251.6815 4002.7393 31926.4044 43485.3779 1979.5 7 36.4 47 2543) 29320 29062 3881 31909 43334 1980.5 7 41.4 47 15.1 29342 29078 3926 31744 43228 1981.5 7 43 47 18.9 29283 29018 3932 31750 43192 1982.5 7 35 47 22.3 29230 28974 3857 31755 43160 1983.5 7 32.4 47 2307 29169 28917 3828 31715 43089 1984.5 7 30.3 47 22.9 29147 28897 3807 31676 43046 1985.5 7 ¿el 47 23.8 29075 28829 3771 31615 42952 1986.5 7 25.8 47 25.7 29014 28770 3752 31583 42887 1987.5 z/ 22.9 47 26.8 28966 28726 3722 31552 42832 1988.5 7 19.9 47 31.1 28896 28660 3687 31555 42787 1989.5 7 20 47 31.7 28869 28633 3685 31537 42755 1990.5 7 15.7 47 33.7 28831 28600 3644 31531 42725 1991.5 7 allez? 47 33.7 28775 28548 3604 31470 42642 1992.5 7 7 47 35.3 28732 28511 3560 31452 42600 1993.5 Y) 3.4 47 36.6 28692 28475 3525 31433 42559 1994.5 6 59.5 47 42.5 28601 28388 3481 31442 42504 1995.5 6 53.4 47 45 28541 28335 3423 31421 42449 1996.5 6 51.6 47 43.6 28541 28337 3409 31395 42430 1997.5 6 49.7 47 44 28463 28261 3384 31316 42318 1998.5 6 44.8 47 45.1 28394 28197 3336 31260 42230 1999.5 6 39.4 47 44.6 28336 28145 3285 31188 42138 2000.5 6 34.6 47 44.2 28279 28093 3239 31118 42048 2001.5 6 26.4 47 43.4 28200 28022 3163 31016 41920
2002.292 6 24.9 47 41.4 28192 28015 3150 30971 41880
2002.792 6 23.9 47 42.5 28145 27970 3137 30941 41827 2003.5 6 20 47 42.8 28100 27928 3100 30895 41762 2004.5 6 14.1 47 40.8 28064 27898 3048 30821 41683 2005.5 6 8.4 47 40 28020 27860 2997 30759 41608 2006.5 6 35 47 37.3 27987 27831 2950 30672 41521 2007.5 5 56.6 47 36.2 27933 27783 2892 30595 41428 2008.5 5 50m 47 35 27881 27737 2834 30515 41334
Actualmente, opera con instrumentos de última tec- nología, como variógrafos Fluxgate de 3 componentes, magnetómetros Overhauser de intensidad total y mag- netómetros de declinación e inclinación magnética. Por otro lado, reporta sus datos en tiempo real a la red mun- dial de observatorios magnéticos.
Además del análisis histórico de la evolución de las mediciones del campo geomagnético en México, un resultado que se desprende de este volumen de infor- mación es la curva de más de 100 años de variación secular para el vector geomagnético con respecto al cen- tro de la República Mexicana (tabla 1, fig. 3). En esta curva se pueden observar rasgos de variación muy inte- resantes: a) la declinación muestra aumento de 1900 a 1945, con un leve descenso casi continuo hasta hoy en día, apreciándose un pequeño punto de inflexión ha- cia 1977; b) la inclinación para los últimos 100 años tiene una variación aproximada de 2 grados, en donde se observa un aumento casi continuo de principios de 1900 hasta 2010; c) la intensidad, por otro lado, es un
parámetro que decae en una línea recta uniforme y con- tinua, como cabe esperar para hoy en día.
IMPLICACIONES PARA LA DATACIÓN
Dentro del presente trabajo se desarrolla la curva geomagnética de la declinación, la inclinación y la in- tensidad haciendo uso de los datos recopilados para los últimos 100 años, la mayor parte de los cuales pertene- ce al observatorio de Teoloyucan.
Se complementó la información del vector geomag- nético haciendo uso de la onceava generación del cam- po internacional de referencia geomagnético IGRF11 (Unternational Geomagnetic Reference Field según sus si- glas en inglés) para la localidad de Teoloyucan. Los datos sintéticos que se incorporaron por medio del IGRF11 para la inclinación y la intensidad son aproximadamente el 11 % del total de los mismos, y los de la declinación representan el -2 %.
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10 [<=] 2 = 8 £ 3 6 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 Year 27 48 < ño) w 47 £ l=] £ 46 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 Year ME 4 E 5 10 S [9] ¡E 4 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 Year
Figura 3. Curvas representativas de los componentes del campo geomagnético para Teoloyucan.
Para poder obtener una curva de ajuste del conjunto de datos, se hace uso del método llamado sp/ines cúbi- cos penalizados, el cual es un método que junta dos enfoques como son los splines de suavizado (smothing splines) y los splines de regresión, donde dicho método hace uso de menos parámetros en comparación con los splines de suavizado y la selección de los nodos no es tan determinante como en los sp/ines de regresión. Esto es sumamente importante, ya que evita tener que ha- cer uso de grandes dimensiones de datos, lo que eleva- ría el costo computacional debido al empleo de matri- ces que, al ser muy grandes, pueden hacer ineficiente el método.
El método de P-splines se caracteriza por hacer uso de penalizaciones, lo cual ayuda a que la elección del número y de la localización de nodos no sea de vital importancia.
> (5003
a BC B+A40) B CUY (1)
Uno de los factores importantes dentro del presente método es la matriz de diferenciación de segundo or- den, con la cual se realiza la penalización O. El segundo factor significativo es el parámetro de suavizado Á para poder controlar la suavidad de la curva y penalizar los coeficientes que estén muy separados entre sí, lo cual es sumamente importante en la presencia de brechas o espacios sin información (gaps). Ces la matriz de cova- rianza del error, pero este es despreciable debido a que los datos utilizados provienen de un observatorio, por
lo cual esta matriz se aproxima a la la matriz base B de los B-splines cúbicos. Los datos de entrada, que pueden ser la declinación, la inclinación o la intensidad, en- tran como vector Y.
El algoritmo de interpolación sigue la metodología establecida por Carrancho et al. (2013) para poder ob- tener la curva representativa para la declinación y la inclinación, así como el algoritmo para el ajuste de los datos de la intensidad establecido por Goguitchaichvi- li et al. (2018).
Haciendo uso del método de los splines cúbicos pe- nalizados, se obtiene la curva representativa para cada uno de los componentes del campo geomagnético de México para los últimos 100 años; dicha curva (fig. 4) puede ser de gran utilidad para realizar el ejercicio de datación de objetos quemados tales como ladrillos, te- jas y hornos mediante la herramienta de datación arqueomagnética soportada por MATLAB (Pavón- Carrasco et al. 2011).
OBTENCIÓN DE LA EDAD
Gracias al sofware desarrollado por Pavón-Carrasco et al. (2011) es posible obtener una edad dentro del ran- go de tiempo de los últimos 100 años con el método arqueomagnético si se cuenta con la declinación, la in- clinación y la intensidad. Cabe destacar que esta plata- forma de datación fue empleada exitosamente en Me- soamérica para los últimos 2 milenios (Punzo Díaz et
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Location Map
Declination
1960 1980 2000 Year
Inclination (9)
1960 1980 2000 Year
Intensity (mT)
1960 1980 2000 Year
Figura 4. Curvas de variación del campo geomagnético desde 1914 bajo la plataforma de datación de Pavón-Carrasco et al. (2011).
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al. 2015; Goguitchaichvili et al. 2016; Hernández Al. varez et al. 2017). Dentro del presente trabajo se des- cribe de manera breve la manera de utilizar la curva den- tro del software denominado Archaeomagnetic Dating by Paleosecular Variation Curves:
* Es fundamental que la computadora o el ordena- dor que se utilice tenga el software MATLAB.
* Es necesario descargar el software archaeo_dating de la página http://pc213fis.fis.ucm.eslarchaeo_dating/download. html.
e El tener el archivo .dat, donde está contenida la in- formación de la curva desarrollada en el presente tra- bajo, dentro de la carpeta del software archaeo_dating.
* Al ejecutar MATLAB, es necesario ir a la carpeta donde está el software archaeo_dating y ejecutar la or- den: > archaeo_dating.
e La ventana que se abre nos ofrece tres subventanas: Archaeomagnetic Data, Choose your master PSVC y Pa- rameters, además del botón Dating.
* Dentro de Archaeomagnetic Data es donde hay que poner la información magnética junto con los paráme- tros de incertidumbre (495 y 0,) y las coordenadas del sitio de interés.
e En Parameters se debe seleccionar Entire Interval y la probabilidad a la cual se desea hacer el ejercicio de datación.
* Por último, en Choose your master PSVC, la única opción a la cual se debe poner atención dentro del pre- sente ejercicio de datación es a la pestaña New PSVC,
REFERENCIAS
en donde se escoge si se desea hacer datación con los parámetros magnéticos por separado o con el vector completo Full Vector.
e Al seleccionar cualquiera de las cuatro opciones anteriores, es importante poner de nuevo las coorde- nadas geográficas del sitio de interés y seleccionar el ar- chivo .dat.
* Finalmente, para terminar, se debe presionar el bo- tón Dating, el cual proporciona la edad más probable.
Agradecimientos
Los autores agradecen el apoyo financiero de los proyectos CONACyT n.* 252149 y UNAM-DGAPA- PAPIUT IN 101717.
CONCLUSIÓN
Luego de la selección y de los tratamientos estadísti- cos antes descritos, el registro del CMT obtenido en México por el Observatorio Geomagnético permite lograr las curvas de variación secular de cada uno de sus componentes —declinación, inclinación e intensi- dad— para los últimos 100 años. Estas curvas cuentan con la resolución y calidad adecuadas para ser utiliza- das como herramienta de datación arqueomagnética.
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LA NATURALEZA EN LA CULTURA BOLAÑOS CON ÉNFASIS EN LOS ANIMALES Nature in the Bolaños Culture with an Emphasis on Animals
María Teresa Cabrero G.
Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México
(cabrerotBunam.mx)
RESUMEN. Los restos óseos de animales recuperados en las excavaciones y las representaciones zoomorfas en barro
asociadas a entierros humanos demostraron el aprovechamiento del hombre hacia los animales presentes en su ambiente natural, además de su integración en la cosmovisión de la cultura Bolaños.
PALABRAS CLAVE. Naturaleza; cultura Bolaños; animales; Mesoamérica; México.
ABSTRACT. The fauna bones recovered from excavations and the zoomorphic representations in clay associated with human burials have demonstrated the use of animals present in their natural environment, as well as their integration
into the worldview of the Bolaños culture.
KEYWORDS. Nature; Bolaños culture; animals; Mesoamerica; Mexico.
INTRODUCCIÓN
En este trabajo se analiza la convivencia del ser hu- mano con la naturaleza que lo rodeaba en un ambiente hostil como fue el cañón de Bolaños y la manera en que se adaptó logrando vivir dentro de sociedades que alcanzaron una complejidad que integraba estratos so- ciales y costumbres diversas.
La dicotomía animal-vegetal representa la fuente más importante en la vida de los habitantes de nuestro pla- neta y en especial de los habitantes del cañón de Bola- ños.
Los animales y el hombre han ido de la mano a tra- vés de toda la trayectoria de su presencia en la Tierra; el hombre ha recurrido a ellos con distinta intensidad, de- pendiendo del ambiente natural en el cual ha vivido, aunque siempre se encontraron unidos.
Los recursos vegetales forman el complemento de vida para toda sociedad humana y son explotados se-
gún las condiciones ambientales (clima, tipo de paisa- je, latitud, etcétera).
Sin embargo, todo lo anterior no sería factible sin la presencia del agua como fuente primordial para el de- sarrollo de todo ser vivo: hombre, animal y vegetal.
CONDICIONES AMBIENTALES EN EL CANON DE BOLANOS
El cañón de Bolaños, como ya se ha mencionado en ocasiones anteriores, forma parte de la provincia geo- lógica de cañones de la Sierra Madre Occidental; prin- cipia en el valle de Valparaíso, situado en el extremo oeste del estado de Zacatecas, y corre hacia el sur hasta la confluencia con el río Grande de Santiago, en los lí- mites de Jalisco y Nayarit. Lo forman dos elevadas sie- rras y, al fondo, corre el río Bolaños. Presenta un clima semiseco y semicálido, con muy baja precipitación
Recibido: 24-7-2018. Aceptado: 7-8-2018. Publicado: 15-8-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3905.
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anual. El paisaje es escabroso, predominando la vege- tación de matorral espinoso, chaparral y nopalera; solo en las partes altas de la sierra existe bosque de pino- encino. El análisis palinológico de la zona que se llevó a cabo detectó que el bosque se extendía hasta la ladera media de la sierra, siendo diezmado a partir de la época colonial, durante los siglos XVII y XVIII, debido a la explotación minera (Cabrero y López 2002; Ibarra 2005; Brading 1969).
Las evidencias arqueológicas señalan que la coloni- zación del cañón se llevó a cabo por grupos originarios del centro de Jalisco, donde el ambiente natural era muy benigno; había terrenos planos donde cultivar, agua abundante y clima templado. Al llegar al cañón, se en- contraron con un ambiente natural muy diferente al que estaban acostumbrados; por lo que tuvieron que pasar por un periodo de adaptación corto debido al in- terés en establecer una ruta de intercambio comercial lo antes posible, con el propósito de mantener contac- tos con la zona de Chalchihuites, situada al norte de la región de Bolaños, donde se explotaba la codiciada pie- dra verde.
Los colonos se vieron en la necesidad de asentarse en las partes altas de los cerros que delimitaban el río; no había terrenos planos donde cultivar, por lo que aprovecharon las laderas de los cerros construyendo te- rrazas artificiales. La vegetación natural se limitaba a quelites, verdolagas, tunas, nopales, ciruelas amarillas, frutos del mezquite y agaves, donde la lechuguilla des- taca por la utilización de la fibra para hacer cuerdas, canastas y tejidos. Cabe aclarar que había plantas me- dicinales diversas que también fueron utilizadas (Ca- brero 1989).
Respecto a la fauna, se encontraron con una amplia variedad que aprovecharon como alimentos, vestidos, ornamentos e instrumentos musicales.
FAUNA PREHISPÁNICA RECUPERADA DURANTE EL TRABAJO ARQUEOLÓGICO
Para tratar este apartado, nos apoyaremos en el aná- lisis de los huesos de animales recuperados durante las excavaciones; posteriormente, se mencionan las repre- sentaciones hechas en barro, descubiertas en contextos mortuorios de unidades habitacionales y tumbas de tiro. El análisis incluyó la identificación de haber sido coci- nados o cremados en los fogones a manera de combus-
tible (Manrique 1997).
Mamíferos
— Venado de cola blanca (Odocoileus virginianus). Este mamífero fue uno de los animales más utilizados. Se aprovechó totalmente su carne como alimento, su piel como vestido, sus huesos en la fabricación de ins- trumentos musicales, su cornamenta en la elabora- ción de punzones con múltiples usos. Se descubrie- ron huesos cocinados y quemados, lo que indica su aprovechamiento total.
— Armadillo (Dasypus novemcinctus). La carne es de alta calidad, por lo que se utilizó como alimento. Su co- raza es apreciada para utilizarla a manera de recipien- te, ya sea en objetos cotidianos o rituales. Sus placas pudieron servir como colgantes de collares, tal como se ha reportado para otras culturas.
— Pécari de collar (Tayassu tajacu). Su carne es muy co- diciada aún hoy en día; sus colmillos fueron utiliza- dos como pendientes o en collares, evidencia descu- bierta en la cultura Bolaños.
— Orden de los roedores: liebres (Lepus sp.), conejos (Syl- vilagus sp.), ardillas (Sciurus sp.), ratones canguro (Perognathus sp.), ratas de bosque (Neotoma sp.), ra- tas cañeras (Symodon hispidus), ratones de patas blan- cas (Peromyscus sp.). Los roedores fueron alimento muy común en la cultura Bolaños; se encontraron con frecuencia huesos cocinados.
— Lince (Lynx rufus).
— Puma (Puma concolor).
Se dejaron al final de la lista el lince y el puma, am- bos reconocidos en la región como «leones» a los que temen enfrentarse; de ambos se utiliza la piel disecada como símbolo de poder. Es posible que durante el pe- riodo prehispánico hayan desempeñado un papel se- mejante.
Aves (orden de los paseriformes)
Los pájaros silvestres abundan en la región; sin em- bargo, sus huesos son muy pequeños y fácilmente se deterioran y desintegran. Durante el análisis de los hue- sos de animales, se descubrieron pocos huesos de aves que se lograron identificar.
— Garza blanca (Casmerodius albus). Se identificaron varios huesos de este tipo de ave; su ambiente natu- ral serían las márgenes del río que, en aquel enton- ces, debería llevar bastante agua según el cauce que presenta hoy en día. Su escasa presencia no permitió conocer si fue aprovechada como alimento.
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— Patos. Se identificó el Anas sp., que fue utilizado ade- más de alimento como compañero del hombre en su entierro, y el Aythya sp., pato buceador utilizado como alimento.
— Codorniz (Callipepla squamata). Codiciada por su car- ne blanca; hoy todavía se encuentra en la región.
— Guajolote (Meleagrís gallopavo). Fue un ave muy co- mún utilizada como alimento hasta hoy en día; la diferencia es que durante el periodo prehispánico era silvestre y en la actualidad es un ave doméstica.
— Gavilán chapulinero (Buteo swansoni). En la actuali- dad existe esta ave en la región; es muy probable que su hallazgo en el sitio arqueológico de El Piñón fue- se producto de una cacería fortuita por ser un ave llamativa.
Todas las aves mencionadas fueron fuente alimenti- cia y a pesar de no haber encontrado una variedad más amplia de huesos de aves, debido a la fragilidad de sus huesos, considero que durante el periodo prehispánico la caza de diversas aves silvestres sería común. Para re- afirmar lo anterior, hoy en día los lugareños comen pájaro carpintero (Picoides scalaris) además de las aves mencionadas y algunas más no citadas aquí.
Orden de los anuros
— Ranas y sapos. Lo frágil de sus huesos impidió llegar a una especificación mayor.
Familia Kinosternidae
— Tortugas de agua dulce. Sus huesos se concentraron en la unidad habitacional donde vivían los sacerdo- tes de El Piñón, además de un caparazón en Pocho- titan.
Reptiles
— Iguanas: Ctenosaura sp. y Dipsosaurus dorsalis. Am- bos tipos de iguana son comunes aún hoy en día y muy codiciadas por su carne como alimento
— Orden Lacertilius: lagartijas. Reptil común en toda la región.
— Familia de los colúbridos: serpientes. En la zona abun- dan las serpientes venenosas y no venenosas; del pri- mer tipo son la serpiente de cascabel (Crotalus ravus) y la coralillo (Micrurus distans) y del segundo las hay de diversas especies. En la actualidad, la cascabel se utiliza como remedio para curar el cáncer, cociendo y moliendo su carne y su piel.
A excepción de los felinos (lince y puma), las ranas, los sapos y las serpientes venenosas, los animales recu- perados fueron utilizados principalmente como alimen- to, por lo que los habitantes de Bolaños mantuvieron una dieta rica en proteínas.
REPRESENTACIONES DE ANIMALES ELABORADAS EN BARRO
La colección de figurillas elaboradas en barro cocido es pequeña y se compone principalmente de fragmen- tos; provienen de varias unidades habitacionales de los sitios de El Piñón y Pochotitan. Sobresalen las repre- sentaciones de perros; sin embargo, hay varios tlacua- ches, una tortuga, una cabeza posiblemente de lince, varios patos, una cabeza de perico y probablemente un sapo.
Lo interesante de esta colección es que la mayoría de las figurillas son silbatos. ¿Por qué? Posiblemente por- que el silbato reúne los cuatro elementos universales: tierra en la arcilla empleada para su elaboración, agua utilizada para amasar la arcilla, fuego al cocer la figurilla y viento al soplarlo. Pero, ¿cuál es su significado? Los cuatro elementos universales reúnen la composición de la cosmovisión, de tal manera que con el sonido emiti- do al soplar el silbato se estaría a salvo de las fuerzas naturales y sobrenaturales existentes en el mundo hu- mano.
Los silbatos con formas zoomorfas probablemente señalan la relación existente entre el animal que con- duce al muerto hacia su morada final y el sonido que emiten al llamar a los dioses y seres sobrenaturales para la protección del ser humano fallecido. En resumen, el silbato protegería a los hombres de los fenómenos inex- plicables e incontrolables de la naturaleza durante su vida y, posteriormente, en su muerte durante el cami- no hacia el más allá.
Las representaciones son muy estilizadas. Sobresalen las orejas y tal vez el pico o la nariz del animal; muchas carecen de ojos. Con estos atributos hacen dudar del animal que se representó; sin embargo, la gran mayo- ría muestra un agujero en la parte superior de la cabeza cuya función sería la de soplar por él hasta lograr el sonido deseado (figs. 1 y 2).
Otra característica es el tamaño tan pequeño de las figurillas; por lo que se piensa que podría estar ligado al estrato social de la persona muerta. La hipótesis pro- puesta con anterioridad sobre quiénes se depositaban en una tumba de tiro mantiene que los únicos que te-
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Figura 1. Silbatos con formas estilizadas de animales.
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Figura 2. Silbatos con formas estilizadas de animales.
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nían derecho eran el gobernante y su linaje basándose en el hallazgo de la única figurilla hueca y un silbato, ambos, con la representación de un perro, provenien- tes de una de las tumbas de tiro descubiertas. En el caso de las tumbas de tiro localizadas en otras partes del oc- cidente de México, a pesar del desconocimiento de las acciones mortuorias debido al saqueo indiscriminado, siempre están presentes figurillas huecas de perros, pa- tos y otros tipos de animales.
Con base en lo anterior, propongo que las figurillas de esta colección pertenecieron a personas de alto es- trato sin derecho a ser depositadas en una tumba de tiro, pero sí con derecho a tener el silbato con la repre- sentación de un animal, preferentemente el perro, que les ayudara a llegar a su destino final y, a su vez, les pro- tegiera de los malos espíritus y llamara a los dioses.
ANIMALES CONSIDERADOS DENTRO DE LA COSMOVISION DE LOS PUEBLOS QUE INTEGRARON LA CULTURA BOLANOS
La cosmovisión del mundo prehispánico abarcó una multiplicidad de animales entre los cuales destacan el jaguar como símbolo de poder, el cocodrilo represen- tando al monstruo de la tierra, los insectos venenosos del inframundo, el perro guía del hombre hacia el lu- gar donde morará después de su muerte (Arqueología Mexicana 1999).
«Los animales fueron símbolos asociados a los astros y a las fuerzas naturales... son también símbolos de los gran- des niveles cósmicos como las aves del cielo, la serpiente y los insectos venenosos del inframundo... son también mensajeros de los dioses como las aves con los dioses ce- lestes... los animales desempeñan un papel central en las religiones mesoamericanas...» (De la Garza 1999: 28).
«Además de las especies cuyo vestigio se conserva a tra- vés de los huesos se tienen los insectos comestibles que no dejaron huella: hormigas, gusano del maguey, chapulines, gusano de nopal... todos ellos proporcionan una impor- tante cantidad de proteínas y calorías...» (Ramos Elorduy
1999).
El párrafo anterior señala el aprovechamiento de al- gunos insectos como fuente alimenticia; sin embargo, habría que incluir la grana cochinilla (Dactylopius coc- cus), muy utilizada como fuente para dar color rojo al textil, la cerámica, murales y papel amate. Este insecto
vive en los nopales y fue muy utilizado por diversas cul- turas prehispánicas, entre ellas la de Bolaños, donde abundan los nopales.
COLECCIÓN DE FRAGMENTOS DE FIGURILLAS RECUPERADAS EN CONTEXTOS HABITACIONALES DURANTE LA EXCAVACIÓN
— Perros (figs. 3 y 4).
— Lobo, coyote y xoloitzcuintle (fig. 5). — Aves (fig. 6).
— Tlacuaches (fig. 7).
— Y posiblemente tigrillo o lince (fig. 8). — Tortuga (fig. 9).
— Caracol (fig. 10).
Perro (Canis lupus familiaris)
Este animal se derivó del lobo gris mexicano. Diver- sos autores lo clasifican como xoloitzcuintle. Sin embar- go, los estudios de profesionales consideran que en el occidente de México existió también la especie deno- minada tlalchichi, parecida a la anterior pero de patas cortas. Por desgracia las figurillas de esta colección se limitan a la cabeza del animal, por lo que se desconoce si se trató de representar una u otra especie o ambas de las mencionadas.
Un segundo inconveniente que se presenta en esta colección es que las representaciones son muy estiliza- das, sobresalen las orejas y el hocico del animal aparece muy aguzado y en ocasiones carecen de ojos. Única- mente se tiene una cabeza ejecutada en barro muy pu- lido donde se aprecia el hocico del animal aguzado, muy parecido al del xoloitzcuintle.
Lo importante aquí es señalar que el perro fue consi- derado en el mundo de la cosmovisión prehispánica como sagrado y, en el mundano, como compañero del hombre; lo anterior incluye todas las culturas mexica- nas y en especial las del occidente de México, donde hay todo tipo de representaciones hechas en cerámica y en piedra asociadas generalmente a entierros huma- nos.
En Pochotitan y El Piñón se descubrieron varios en- tierros de perros sin asociación a humanos, pero situa- dos en lugares estratégicos. Por ejemplo, en Pochotitan los perros se enterraron en la parte externa del conjun- to circular; en los demás sitios, dentro de las unidades
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Figura 3. Representaciones de perros.
habitacionales, lo cual muestra su estatus dentro de la han muerto nadando encima de los perritos. También di- cosmovisión de sus habitantes (Cabrero y García 2015). cen que el difunto que llegaba á la ribera del rio arriba di- En El Piñón se identificaron huesos cocinados, lo que cho, luego miraba el perro, si conocía á su amo, luego se sugiere que también servían como alimento. Este he- echaba nadando al rio ácia la otra parte donde estaba este, cho no es nuevo en diversas culturas prehispánicas. En y le pasaba acuestas; por esta causa los naturales solían te- el mundo náhuatl, el perro se ingería dentro de algu- ner y criar los perritos para este efecto; mas decían, que nas ceremonias religiosas, ya que era ofrendado a los los perros de pelo blanco y negro, no podían nadar y pa- dioses (De la Garza 1997, 1999). Sahagún describe el sar el rio, porque dizque decia el perro de pelo negro: “yo empleo del perro dentro del rito funerario: me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pa- saros” y el perro de pelo blanco decia: “yo me labé” sola-
«Mictlantecuhtli, y despues de pasados cuatro años, el mente el perro de pelo vermejo podia pasar bien acuestas difunto se salía y se iba á los nueve infiernos donde pasa- á los difuntos, y así en este lugar del infierno que se lla- ba un rio muy ancho, y que allí en aquel lugar viven y an- maba Chicunamictla, se acababan y fenecían los difuntos»
dan perros en la ribera del rio, por donde pasan los que (Sahagún 1930: 265).
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Figura 4. Silbatos con forma de perro.
En las tumbas de tiro selladas halladas en El Piñón se descubrieron huesos de perro a un lado del persona- je principal y representaciones en cerámica (figurilla hueca) y piedra (hacha de piedra con la cara de un pe- rro en la parte proximal); además, en cada unidad ha- bitacional se recuperaron figurillas-silbatos con la re- presentación de un perro; lo anterior señala que la cultura Bolaños compartía la creencia del papel de este animal en la cosmovisión mesoamericana.
Figura 5. Representación de lobo, coyote y xoloitzcuintle.
Como el perro, este animal también está ligado a la religión mesoamericana. Su presencia en la cultura Bo- laños sugiere que desempeñó un lugar sagrado dentro de su ideología. En la unidad habitacional (5) ubicada junto al templo de El Piñón —que por las evidencias arqueológicas descubiertas en dicha unidad se conside- ró como la residencia de los sacerdotes— se encontró la cabeza de un fragmento de figurilla de barro que muestra a un hombre que lleva sobre su cabeza una máscara de tlacuache; con ello se justifica la función que desempeñó la unidad habitacional, además del pa- pel que ocupó este animal en la religión de la cultura
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Figura 6. Representación de aves.
Bolaños. Cabe señalar que en otras unidades del mis- mo sitio se recuperaron cabecitas de figurillas sólidas con la representación de dicho animal.
El conocimiento del papel que desempeñó en la re- ligión mesoamericana se remite a diversas versiones de varios grupos indígenas que viven en la actualidad. A. López Austin (1996, 1999) realizó un extenso estudio sobre el tlacuache basándose en las representaciones prehispánicas y en los mitos que aún persisten:
«El tlacuache es el protagonista del robo del fuego cuan- do los humanos carecían de él. El pequeño marsupial se trasladó al más allá, hasta el sitio en que un poderoso per- sonaje, el dueño del fuego, disfrutaba de un beneficio que no compartía con los seres del mundo. El tlacuache se acercó con engaños a la fogata, tomó subrepticiamente
una brasa y huyó con el producto de su robo. El dueño del fuego lo persiguió pero el héroe pudo llegar a la su- perficie de la tierra y entregó el fuego a los mortales...» (Ló-
pez Austin 1996: 267-268; 1999: 52)
Este animal simboliza la dualidad de la vida terrestre y la vida acuática (De la Fuente 1994: 68) al tener ca- pacidad de vivir en ambos ámbitos. En las tumbas de tiro de todo el occidente de México es frecuente su presencia. Las representaciones fueron elaboradas en cerámica; las hay en diversas posturas y tal vez repre- senten varias especies, ya que presentan características físicas distintas.
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Figura 7. Representaciones de tlacuache.
En el sitio de Pochotitan se descubrió un entierro humano, localizado a un lado del muro circundante al conjunto circular, acompañado por un pato (Anas pla- tyrhynchos) en posición tendida. Esta ofrenda representa un rasgo único tanto en la cultura Bolaños como en el
Figura 8. Representación de felino.
resto de Mesoamérica, incluyendo el occidente de Méxi- co. Lo anterior supone que para el individuo enterrado fue muy importante este animal como parte de sus ac- tividades cotidianas, además del papel que representa- ría al propiciar la comunicación con los dioses celestes, las fuerzas naturales y los niveles cósmicos de acuerdo con las interpretaciones de De la Garza (1999) sobre la religión mesoamericana. En las unidades habitaciona- les de El Piñón aparecieron figurillas de barro, con re- presentación de los diversos animales mencionados, asociadas a entierros; si consideramos que la cultura Bolaños compartió la cosmovisión mesoamericana, se
Tabla 1. Distribución de las figurillas en El Piñón y Pochotitan.
El Piñón
Pochotitan
estructura
zoomorfas
estructura
perros
3
3
2
2
5
1
tortuga
7
tigrillo
10
3 4 6
6 6 1
14
15
18
19
Figura 9. Representación de tortuga.
Figura 10. Silbato con forma de caracol (izquierda) e instrumento musical (omichicahuaztli).
db
ARQUEOL. IBEROAM. 39 (2018) + ISSN 1989-4104
comprende su presencia en un entierro humano depo- sitado a manera de ofrenda.
En el cuadro anterior (tabla 1) se reproduce la distri- bución de las figurillas en ambos sitios. En El Piñón sobresale la estructura 7, donde aparece la mayor can- tidad de figurillas, pero habrá que considerar que di- cha estructura agrupa una de las terrazas con varias uni- dades habitacionales. La estructura 10, que representa una sola unidad habitacional, contiene únicamente aves, lo cual sugiere estar relacionada con actividades de pes- ca y caza. En Pochotitan sobresalen las unidades habi- tacionales 3 y 4; en la primera apareció la única repre- sentación de una tortuga, lo cual se comprende por estar sobre la margen del río, y en la segunda se halló lo que pudiera ser una representación del tigrillo o lince mexi- cano que hasta la fecha existe en la región.
EMPLEO DE LOS ANIMALES EN DIVERSAS ACTIVIDADES
— La principal sería como fuente alimenticia, con una fuerte aportación de proteínas.
— Curtido de piel de venado, principalmente emplea- do en la elaboración de vestidos, para forrar escudos y como fuente alimenticia.
— Dientes y colmillos de pécari y puma o tigrillo para elaborar ornamentos a manera de collares y colgan- tes.
— Punzones y leznas, elaboradas con huesos largos del venado, para la producción de vestidos y diversos ob- jetos hechos en piedra, obsidiana y madera.
— Caparazones de tortugas y armadillos utilizables como recipientes.
— Instrumentos musicales: hechos con huesos largos de venado funcionando como «giiiros»; o bien utilizan- do un raspador de hueso de venado o humano con muescas para producir sonidos, llamado omichica- huaztli entre los mexicas (fig. 10).
CONCLUSIONES
Con el análisis de los restos óseos de animales pre- sentes en la cultura Bolaños se comprueba el aprove- chamiento de los mismos en la vida cotidiana como fuente de proteínas, en la elaboración de vestimentas, adornos corporales e implementos de diversa índole. Se logró comprobar la existencia de su asociación con la cosmovisión mesoamericana, por lo que se está en
posición de proponer que el occidente de México nunca se mantuvo aislado de Mesoamérica.
La sociedad que desarrolló la cultura Bolaños, así como la tradición de tumbas de tiro en el occidente de México, compartieron la cosmovisión y la religión mesoamericanas, reconociéndose la presencia de varian- tes regionales. La prueba radica en la presencia del pe- rro, el tlacuache y el pato dentro de contextos mortuo- rios.
Una segunda prueba llega al considerar a los mismos animales dentro de sus creencias religiosas y, por lo tan- to, se descarta la hipótesis de que esta área de cultura se mantuvo aislada de Mesoamérica hasta la entrada de rasgos teotihuacanos tales como el talud y el tablero, presentes en el sitio del Ixtépete, o el hallazgo de figu- rillas de estilo Mazapa, cuyo origen está en el centro de México dentro del periodo llamado Clásico Tardío (600 a 900 d. C.).
Los fragmentos de silbatos recuperados en las uni- dades habitacionales de El Piñón y Pochotitan demos- traron la creencia generalizada de que estos animales fueron empleados en los rituales preparatorios para fa- cilitar al muerto el tránsito hacia su morada final.
Finalmente, cabe señalar que las hipótesis aquí ver- tidas, así como el empleo de silbatos con representa- ciones de ciertos animales asociados a entierros huma- nos, no se han tratado con anterioridad.
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EL BINOMIO METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE VINDOBONENSTIS: ESTUDIO DE CASO The Metate/Metlapil Binomial in the Vindobonensis Codex: A Case Study
José R. Rodríguez-Yc
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México ' (¡rodriguezycOgmail.com)
RESUMEN. Este trabajo es un avance de investigación de un proyecto mayor sobre el tema de la molienda en las fuentes históricas, especificamente en los códices. Aquí se analiza la imagen del binomio metate/metlapil, la masa de maíz y un símbolo policromo atado que aparece en la página 15 del Códice Vindobonensis. A partir de la masa de maíz se elaboraban múltiples productos, varios de ellos eran alimento de deidades en el pasado, aunque aún se consu- men y se ofrendan en el presente.
PALABRAS CLAVE. Piedra de molienda; alimentación; ritual; fuentes históricas; Códice Vindobonensis.
ABSTRACT. This work is a research advance of a major project on the subject of grinding in the historical sources, specifically in the codices. It analyzes the image of the metate/metlapil binomial, the corn dough and a tied polychrome symbol that appears on page 15 of the Vindobonensis Codex. Multiple products were elaborated from the corn dough,
several of them were food for deities in the past, although they are still consumed and offered in the present.
KEYWORDS. Grinding stone; feeding; ritual; historical sources; Vindobonensis Codex.
INTRODUCCIÓN
El tema de este artículo es el análisis de una imagen del binomio metate/metlapil? que se encuentra en la página 15 del Códice Vindobonensis. Esta es una inves- tigación que forma parte del proyecto La molienda pre- hispánica en Mesoamérica. Una revisión a través de las fuentes etnohistóricas; en él se aborda la evidencia ico- nográfica de estos implementos plasmada tanto en có- dices prehispánicos como novohispanos.
Las piedras de molienda en esta parte del mundo tie- nen nombre propio. Actualmente se conoce como me- tate a la parte pasiva, que soporta el producto a moler, y metlapil (o mano de metate) a la parte activa, que es en realidad la que muele el producto, conformando de esta manera una herramienta integrada por dos elemen-
tos. El estudio que aquí presento se basa en el Códice Vindobonensis, que proviene de la región de la Mixte- ca.? En la variante del idioma mixteco de Yosondúa (Oaxaca) a estas piedras se las denomina yoso/ndayoso, pero esto cambia en otras localidades (Beaty 2012), pues cada pueblo que las manufacturó —temporal y espa- cialmente— las designó con un nombre en su propia lengua. En consecuencia, utilizaré los términos metate y metlapil puesto que son más conocidos entre los es- pecialistas y en la bibliografía especializada.
En los asentamientos arqueológicos de México se localizan de manera reiterada evidencias de estas herra- mientas. A partir del hallazgo se infieren actividades socioeconómicas o de alimentación. Aquí se considera que estos artefactos son una poderosa fuente de infor- mación que puede ser abstraída desde diferentes cam-
Recibido: 17-8-2018. Aceptado: 27-8-2018. Publicado: 4-9-2018.
Edited Published by Pascual Izquierdo-Egea. Endorsed by E. D. Camarena Ortiz € M. R. Carrasco Domínguez. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3906.
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Fig. 1. Contexto del metate/metlapil. Fuente: Códice Vindobonensis, pág. 15 (fragmento).
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pos del conocimiento, por ejemplo desde la arqueolo- gía (Clark 1988; Hayden 1987), la arqueobotánica (Pi- perno y Holst 1998), la traceología (Calvo 2007), la tribología* (Delgado 2008), la arqueología experimen- tal (Risch 1995), la etnografía (Rodríguez-Yc 2013) y las fuentes históricas, como en el caso que se presenta.
Los estudios en torno al metate/metlapil son escasos en comparación con otros materiales arqueológicos, pues al ser instrumentos comunes o domésticos no han llamado la atención frente a objetos de uso suntuario. La forma actual de estas herramientas es producto de un desarrollo tecnológico en Mesoamérica, por lo que se considera necesario presentar un breve panorama de su evolución con base en varios autores.
Las primeras piedras de molienda utilizadas por los antiguos mesoamericanos fueron cantos rodados, selec- cionados por su forma en las márgenes de los ríos (Mac- Neish ez al. 1967; Lorenzo 1965). Un primer paso en la manufactura fue la intervención de una cara, adap- tándola para un mejor machacado o triturado tanto de vegetales como de minerales. En el periodo Preclásico o Formativo (2000 a. C.-1 d. C.) de la secuencia tem- poral de Mesoamérica, hay un predominio de metates ápodos, es decir, sin soporte; y, por sus dimensiones, fueron utilizados para moler maíz (MacNeish ez al. 1967; Flannery 1986; Clark 1988).
Sin embargo, el concepto de soporte o patas ya era conocido entre los pueblos del Altiplano de México. Existen ejemplos de metates con uno, dos, tres y cua- tro soportes; aunque la superficie de molienda no mues- tra una pendiente o apenas es incipiente (Serra 1988; Tolstoy 1971). Los metates ápodos están relacionados directamente con el suelo (Clark 1988; Rodríguez-Yc 2003). Para el periodo Clásico (1-900 d. C.) se han do- cumentado metates trípodes como ocurre en Teotihua- can, pero es difícil determinar si son parecidos a los actuales dado que el estudio realizado solo presenta frag-
l Este artículo es producto de una investigación posdoctoral otorgada por la Dirección General de Asuntos del Personal Aca- démico (DGAPA) que se desarrolla en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.
2 Piedras de molienda. Así se denominan en el español de México. El nombre es de origen náhuatl (Rodríguez-Yc 2018).
3 Esta región abarca parte del sur del estado de Puebla, una parte del oriente del estado de Guerrero y la parte de occidente del estado de Oaxaca. En Oaxaca se divide en Mixteca Alta, Mix- teca Baja y Mixteca de la Costa. De acuerdo con el Instituto Na- cional de Lenguas Indígenas (INALI 2010), el mixteco es una agrupación lingivística de 81 lenguas.
Ciencia que aborda el rozamiento o frotamiento de cuerpos sólidos.
mentos (Castañeda 1976). Probablemente fue en el pe- riodo Posclásico (900-1521 d. C.) cuando se consoli- dó el modelo trípode entre los pueblos de Mesoaméri- ca y más allá de sus fronteras, aunque la forma en que se distribuyó y se expandió esta herramienta aún no ha sido investigada.
Sin embargo, se sabe que para este periodo, en la fron- tera noroccidental de Mesoamérica, se utilizaban me- tates ápodos para la molienda del maíz (Galván 1991). Asimismo, el uso de estos artefactos en la época colo- nial es un tema que aún no ha sido abordado por com- pleto, ya que no existe un estudio especializado que saque a la luz el desempeño de estos instrumentos y el papel que tuvieron a lo largo de dicho periodo, a pesar de que conquistadores y frailes mencionan en sus cró- nicas breves referencias sobre ellos.
Así, el propósito de este artículo es analizar las repre- sentaciones pictóricas del metate/metlapil en el Códice Vindobonensis que, por el hecho de plasmarse en un texto sagrado, necesariamente adquieren un valor sim- bólico. Para ello, me basaré en tres análisis: a) uno ar- queológico, donde se hace uso del procedimiento de clasificación de Clark (1988); b) otro iconográfico, apo- yado en Panofsky (2015), para el estudio del conteni- do o significado de una obra de arte; y c) un tercero de carácter interpretativo, con fundamentos en Jansen (1982) y Beuchot (2009).
EL METATE/METLAPIL EN EL CÓDICE VINDOBONENSIS
El Códice Viena, conocido también como Códice Vin- dobonensis, al cual Jansen y Pérez (2008: 88) denomi- nan recientemente Códice Yuta Tnoho por referencia al nombre mixteco del pueblo de Apoala (Oaxaca), es un «... Códice, hecho de piel curtida de animal, mide en su totalidad 13.50 m, doblado tiene 52 hojas. Cada una de ellas mide alrededor de 22 por 26 cm. Conserva las cubiertas originales de madera» (Gutiérrez 1988: 96). Es una obra que contiene dos historias, en el reverso, a decir de Hermann (2005: 4) es una «... relación sucin- ta sobre la genealogía de Tilantongo desde el siglo X al XIV. Sección elaborada hacia el siglo XVI» y el anverso es el relato de la concepción del mundo según los mix- tecos.
En este códice existen solo dos imágenes del bino- mio metate/metlapil: una en la página 22 y otra en la 15. Nuestra atención se centra sobre esta última, la cual se haya en el contexto de la sexta ceremonia del Fuego
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Nuevo, de acuerdo con Anders et al. (1992: 164) (fig. 0
ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO Metate/metlapil
En el marco de clasificación propuesto por Clark (1988: 95), el artefacto ilustrado en la página 15 del manuscrito corresponde al Grupo E el cual tiene como característica una superficie de molienda recta y abier- ta (fig. 2). Así, permite utilizar un metlapil a dos ma- nos, con un movimiento de vaivén de delante hacia atrás, sin rebasar los lados del artefacto. El metlapil se utiliza por ambas caras, contando de esta manera con dos facetas de trabajo. La cara ventral del metate fue modificada con tres soportes (por encontrarse de per- fil, solo se aprecian dos). Este ejemplar es de los deno- minados metates trípodes.? El soporte mayor se encuen- tra en el extremo proximal (a la izquierda de la imagen, donde se ubica la molendera), el cual crea una pendiente para un mejor desempeño al moler. Los soportes res- tantes —de menores dimensiones— se localizan en el extremo distal (a la derecha de la imagen) y permiten el desplazamiento de lo molido. El metate visto en plan- ta es de forma rectangular y el metlapil, lenticular.
La imagen del artefacto pétreo plasmado en el códi- ce es semejante a la de los que aún se siguen usando en Oaxaca.” Gracias a que este códice se ha conservado, podemos hablar de una edad cronológica para este mo- delo trípode,” que correspondería al periodo Posclási- co (900-1521 d. C.).* En consecuencia, hay una rela-
? Tanto temporal como espacialmente, en el territorio meso- americano han existido metates con o sin soportes, aunque no está claro el origen del metate trípode tal como se conoce en la actualidad.
6 Una parte de los metates modernos tiene unos diseños pinta- dos basados en hojas y flores de diversos colores. En Rodríguez-Yc (2013: 277) se observa el empleo de un metate con las caracterís- ticas mencionadas arriba en la molienda de la grana cochinilla (Dactylopius coccus, antes Coccus cacti L.) en el poblado de Teotitlán del Valle, Oaxaca. Esta forma de decorar es practicada por artesa- nos que comercializan sus metates en el mercado de Tlacolula, Oaxaca.
7 En Rodríguez-Yc (2013) encontramos un predominio del metate trípode en la actual geografía de México. Como es posible observar en la tesis, si bien son trípodes, esto no quiere decir que sean iguales. Cada región ha impuesto una característica particular al momento de manufacturarlos. Así, un metate de Michoacán tiene marcadas diferencias respecto a uno de Oaxaca o de Tlaxcala.
8 Jansen (1982) lo sitúa entre los siglos XII y XVI.
Fig. 2. Binomio yoso/ndayoso. Fuente: Códice Vindobonensis (pág. 15).
ción morfológica entre el artefacto pintado en el ma- nuscrito y los metates que se continúan usando hoy en día en la geografía oaxaqueña. Así, estamos hablando de una herramienta que tiene una larga secuencia de uso.
Masa
En diversos soportes materiales existen representa- ciones de la planta del maíz, la mazorca, los granos, etc.; pero de la masa son contados los ejemplos.? La imagen en cuestión es uno de ellos. Anders et al. (1992: 165) aseguran que en la imagen se tiene masa y es extraordi- nariamente notable debido a los pequeños círculos de colores que posee. Aquí cabrían varios cuestionamien- tos, por ejemplo: ¿quién realizó la molienda, un huma- no, una divinidad? ¿Con qué intención transformó los granos? ¿Qué pretendía elaborar, solo la masa, atole o tamales? Como se puede observar, tiene una textura só- lida, aunque no del todo compacta que permite des- bordarse por el extremo distal.
Desde épocas tempranas, los pueblos mesoamerica- nos tuvieron deidades en torno a la planta del maíz, dado que era el alimento cotidiano. A la par, ofrenda- ban productos del maíz para agradarlos, por lo que cabe preguntarse si esta imagen sería el caso; dado que no hay otros elementos como un fogón o un comal que
? En Sahagún (1989) podemos ver varios pasajes del uso que daban a la masa pero, por estar tratando un tema de la cultura mixteca, prefiero obviar esta información.
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nos den una idea de que se va a cocinar algo. En térmi- nos arqueológicos, existe una figurilla de una molen- dera que tiene en brazos a un infante y, sobre sus mus- los, un metate en cuya superficie de molienda, en la parte superior, hay granos de maíz, en medio, el metla- pil y, en la parte inferior, la masa ya transformada;'* pero en la imagen en cuestión está ausente el personaje que efectuó la molienda.
Signo
Sobre el metlapil o mano del metate se encuentra un signo. Destaca por los colores que ostenta: rojo, café, naranja (ocre) y azul; más el blanco en la parte interna y delineado en negro. Caso (1996: 38) lo interpreta en un primer momento como un símbolo de mes por analogía con una lápida que se encuentra inserta en el convento de Cuilapan, Oaxaca. Comenta que «... in- dudablemente significa un atado de algo que podría ser un atado de días, es decir, un mes o un atado de años si fuera un siglo». Más adelante, reconoce la dificultad del signo: «... no he podido saber qué es lo que significa, además de su sentido general: “objeto amarrado” y quizá “ofrenda”» (ibíd.). Esta preocupación la manifiesta en las láminas XXIV y XXV del libro Reyes y reinos de la Mixteca al escribir la palabra ofrenda entre signos de interrogación. Este honesto acto de desconocimiento que realizó Caso ha dado pie a que este signo policro- mo atado sea interpretado, sin más, como ofrenda. Por ejemplo, Anders et al. (1992: 35) dicen que «una volu- ta significa «habla», una combinación de cuatro volu- tas, «ofrenda». Y, en las lecturas que hacen del anverso del Códice Vindobonensis, donde aparece el signo es ma- nejado también como ofrenda. Jansen y Pérez (2008: 103), en otro lugar, vuelven a retomarlo y mencionan que «el signo de cuatro volutas, en los cuatro colores direccionales y amarradas juntas, probablemente signi- fica “el hablar a las cuatro direcciones”, es decir, el rezo que suele iniciar cada ceremonia religiosa». En opinión de Hermann (comunicación personal), «son volutas ata- das y relacionadas a un discurso a los cuatro rumbos [...] Quizá se relacione aquí a la creación del maíz o al origen del sustento del hombre. Pues es masa molida en metate». Del mismo modo, en comunicación per- sonal, Ojeda Díaz comenta: «... pienso [que] pueda tra-
10 La figurilla pertenece al Museo de las Culturas de Occiden- te «María Ahumada de Gómez», en la ciudad de Colima.
ll Según nuestra experiencia, después de haber analizado las colecciones líticas del Museo Nacional de Antropología (MNA),
no existe un metlapil así o aún no se ha encontrado.
Fig. 3 Metate/metlapil. Fuente: Códice Vindobonensis (pág. 15).
tarse del nudo del tiempo para señalar que se abren o cierran ciclos o cuando deben realizarse ofrendas». Ahora bien, este símbolo aparece sesenta y una veces a lo largo del Códice Vindobonensis en diferentes páginas y sobre todo en diversos contextos; también fue pinta- do en el Códice Alfonso Caso en nueve ocasiones (siete en el Colombino y dos en el Becker 1), dos veces en el Códice Nuttall y en el Códice Selden, y solo en una oca- sión fue plasmado en el Códice Bodley. De esta manera, podemos darnos cuenta de lo difícil que resulta este sig- no y las múltiples interpretaciones que puede generar, así como de la relación que se ha producido con el me- tate/metlapil y la masa.
ANÁLISIS ICONOGRÁFICO Metate/metlapil
El binomio fue pintado en azul (fig. 3) con un trazo de líneas uniformes y definidas. El metlapil (hábilmente representado de manera lenticular por el maestro pin- tor para ser apreciado en toda su dimensión y ser visto como el complemento)'' se ubica en el extremo proxi- mal del metate y es detenido por un grueso cuerpo de masa. Ambos instrumentos, al estar pintados en azul, nos dicen que fueron elaborados con la misma roca.'?
12 Son pocos los ejemplos que existen como binomio. Por lo general, el fragmento o metate completo siempre se encuentra en los sitios sin el complemento. La posibilidad de hallarlos juntos se da en un contexto funerario como ofrenda (Galván 1991: 166, por mencionar un ejemplo).
blo
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La observación de la manufactura de este artefacto dual en tiempos modernos ha llevado a entender que ambos se elaboran con el mismo tipo de piedra (Ro- dríguez-Yc 2013: 109). Si bien por su esbelta forma el metlapil tiene el mayor riesgo de romperse en cualquier descuido, cuando eso sucede es sustituido por otro, aun- que sea de otra formación pétrea.
Masa
Posee unos puntos de colores en azul, rojo y amari- llo. El metlapil y el cuerpo de la masa siguen el declive natural del artefacto, volcándose esta última hasta el sue- lo. Todos los elementos de la imagen están delineados en negro (fig. 4). Estos puntos de colores, como tales, no aparecen en ningún otro objeto del códice, solo en un personaje que Anders et al. (1992: 91) denominan «Señor Incrustado que sabe palabras preciosas» y que, de alguna manera, confirman el valor de la masa.
En el Códice Mendocino, f. 60r, hay una escena que se ha utilizado en innumerables ocasiones cuando se trata de ejemplificar el tema de la molienda. Ahí se en- cuentra una persona adulta en pleno acto de transmitir el conocimiento de la actividad y una menor moliendo en el metate. Cada bola de masa se convertirá en una tortilla; no obstante, en la imagen que nos ocupa no aparece la molendera ni el proceso de la tortilla.
Signo policromo atado
Es una auténtica incógnita, porque no se sabe qué representa. Es un diseño de cuatro volutas!? atadas por la parte central y pintadas con un color distinto (fig. 5); aunque si comparamos este signo con otras repre- sentaciones de volutas en el Códice Vindobonensis va- mos a observar que hay marcadas diferencias. La principal característica es la forma sinuosa en que es re- presentada, acusando un movimiento ascendente ha- cia el firmamento, el cual contrasta con la rigidez de nuestro signo. De este modo, he identificado volutas que pueden significar «habla», «humo», «sonido», etc.
El color es una parte fundamental del signo y no po- demos sustraernos a tratarlo dada la policromía que pre- senta, pero es conveniente aclarar que casi no existen trabajos que traten el significado del color entre los
13 No estoy totalmente de acuerdo con que sean volutas, pero en la bibliografía especializada optan por esta posibilidad. Por el momento, nos sujetamos a ella. Así también, aunque no hay pre- sencia de nudo alguno, se dice que están atadas por el elemento central que los une o sujeta.
Fig. 4 Masa. Fuente: Códice Vindobonensis (pág. 15).
mixtecos para la época prehispánica. Los autores arriba mencionados asocian los cuatro colores a los rumbos del universo. Siguiendo esa hipótesis, Dehouve (2003: 74) expresa lo siguiente: «Parece que todos los pueblos mesoamericanos compartieron el reconocimiento de cinco colores simbólicos, pero cada cual con su propia asociación entre un color y su asociación [...] Así, los pueblos mesoamericanos reconocen cinco colores fun- damentales, atribuyen cuatro de ellos a las cuatro di- recciones del mundo, y la quinta, a veces, al centro». Por su parte, López Austin (2012: 65) comenta que «en el Altiplano Central, la división más frecuente daba al norte el color negro, blanco al oeste, azul al sur y rojo al este. El color verde estaba relacionado con el centro, con el ombligo del mundo»; lo cual no concordaría con los colores del signo, ni con las direcciones de los ma-
Fig. 5. Signo policromo atado. Fuente: Códice Vindobonensis (pág. 15).
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yas, puesto que Thompson (1990: 308) encuentra la siguiente distribución: «El rojo es el color del Este, el blanco el del Norte, el negro el del Oeste y el amarillo el del Sur; un quinto color, el verde, puede haber co- rrespondido al centro». Lo que sí hay que señalar es el manejo del color con un significado específico respec- to de los rumbos del universo, que cada pueblo aportó de acuerdo con su cosmovisión. En ese sentido, los co- lores, «... como símbolos se hallan involucrados en un mundo de otros símbolos, se asocian o se oponen a los otros colores, es decir, entran en el juego de correspon- dencias y oposiciones que hacen tan complejo el pen- samiento simbólico» (Dehouve 2003: 64).
UNA MIRADA A LA INTERPRETACIÓN El artefacto
El protagonismo del metate/metlapil en la cocina mesoamericana era indispensable, dado que fue usado —-<£n primera instancia— para transformar los granos de maíz nixtamalizado y obtener la preciada masa; pero eso era tan solo una posibilidad. Hoy en día, gracias a la observación directa de molenderas en diferentes pun- tos de la geografía mexicana, podemos darnos cuenta del multiuso que desempeñaron en el pasado. En Ro- dríguez-Yc (2013) se puede observar la molienda de diferentes productos, como el añil, la grana cochinilla, el cacao, el achiote y el chicharrón, además del maíz. En consecuencia, era la herramienta que molía casi todo: Sahagún (1989) nos dice que estos artefactos eran uti- lizados en otros ámbitos como la minería o en talleres de cerámica como sugiere Piña Chan (1953). A través de los protocolos de análisis de la arqueobotánica,'* ya es posible acercarnos al conocimiento de algunos pro- ductos que fueron molidos en el pasado (Piperno y Holst 1998). Estos artefactos forman parte de la cultu- ra material que se encuentra en los asentamientos ar- queológicos; aunque suelen hallarse por separado, es en contextos funerarios cuando se localiza el par. De for- ma general, son considerados como indicadores de ac- tividades socioeconómicas.
Pocos son los testimonios o narraciones que abor- dan la génesis o que hablen del origen de esta herra- mienta; sin embargo, Bruce (1974) rescata un mito de la tradición oral entre los lacandones, indígenas de Chiapas (México), sobre la construcción de estos arte-
14 Por ejemplo, fitolitos y almidones.
factos: «Primero, Hachákyum había sacado una piedra del agua. Sacó la piedra e hizo el metate. Hizo la mano del metate, para que moliera su Señora. A ella le dijo “Prueba para que veamos cómo mueles con el meta- te”». De esta manera, notamos como el dios (entidad masculina), en tanto que esposo, manufactura el meta- te y la diosa (entidad femenina), en su papel de esposa, muele en él, estableciendo actividades exclusivas para cada género.
Otro ejemplo es el que se relata en el Popol Vuh (1986), texto maya quiché. Hunahpú e Ixbalanqué (hi- jos de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú) sentencian a los habitantes de Xibalbá por haber dado muerte a sus padres a «solamente os ocuparéis de hacer cacha- rros, apastes y piedras de moler maíz» (pág. 100). Hay otro pasaje en este libro donde la piedra de moler tiene una participación importante, pues los adivinos Xulú y Pacam les dicen a Hunahpú e Ixbalanqué que «... con- viene moler sus huesos en la piedra, como se muele la harina de maíz; que cada uno sea molido [por separa- do]...» (pág. 93). También hay una participación acti- va de estos artefactos de molienda en el proceso de destruir a los hombres de madera por no haber tenido entendimiento para alabar a sus creadores: «Éramos atormentadas por vosotros; cada día, cada día, de no- che, al amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi huqui, huqui'? nuestras caras, a causa de vosotros. Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestras fuerzas. Moleremos y reduciremos a polvo vuestras car- nes, les dijeron sus piedras de moler» (Popol Vuh: 31). Gracias a estos testimonios podemos observar el uso que los dioses hacían de estos artefactos en la construcción y destrucción de la humanidad.
La masa
Como se ha mencionado con anterioridad, Anders et al. (1992) aseguran que en la imagen se tiene masa, pero ¿qué representa la masa de maíz para los mixtecos? Hablar de este producto ya transformado es abordar mitos, cosmovisión y creencias del mixteco en particu- lar y del hombre mesoamericano en general. La masa representada es notable debido a los pequeños círculos de colores que posee. Cabe preguntarse si ello no co- necta de alguna manera con granos multicolores de al- gunas mazorcas. En un mito cho! recopilado por Mo- rales (1984: 96) encontramos una explicación de por
15 Onomatopeya del movimiento del metlapil sobre el metate al momento de moler.
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qué existen maíces de diversos colores: «... el rayo ver- de es que cambió varios de sus colores al maíz: negro, rojo, amarillo, blanco. Es como los alcanzó el rayo ver- de, así como los fue quemando. Porque el rayo verde los quemó pero no le quitó su vida al maíz, porque su rayo verde Ch'ujtiat es su rayo de vida». Por su parte, López comparte otra referencia observada en el presente sobre la misma idea: «Merecen mención especial las ma- zorcas multicolores, ya que en un sembradío de maíz blanco aparecen de repente mazorcas con maíz de co- lores azul, rojo, anaranjado, haciendo figuras capricho- sas...» (López 2007: 243).
Por otro lado, el trabajo etnográfico llevado a cabo por Katz (2006) en diferentes poblados de la Mixteca muestra los diversos caminos que tiene la masa: torti- llas, tamales, atoles, etc.; tal vez lo mismo pudo acon- tecer en el pasado. Pero, volviendo a la imagen plasmada en el códice, ¿de qué masa se estaría hablando? Solo sa- bemos que fue molida y que se encuentra en un con- texto de ceremonia religiosa.
El signo
Considero difícil saber su significado. A reserva de un estudio en profundidad, lo cual requiere de un es- pacio mayor, aquí se mencionarán varias dudas que surgen a partir de la observación del códice: 1) la posi- ción del signo no es fija, ya que se puede ubicar arriba, debajo o dentro, como se puede ver en la página 15 del Códice Vindobonensis —si bien la forma sigue siendo la misma, se desconoce el porqué de la intención de ser puesto de esta manera—; 2) puede acusar dos posicio- nes: horizontal y vertical; 3) el color de las volutas es constante pero no siempre ocupa el mismo lugar —la parte central es amarilla, sin embargo, he hallado tres pintados en rojo; 4) no es un tamaño estándar, ya que se adecua al contexto en cuestión. En Anders et al. (1992: 165) se pueden apreciar los signos asociados al símbolo policromo atado: ritual para muertos, ofrenda de un anillo, ofrenda de una cara [de Xipe], ofrenda de masa hecha en metate, ofrenda de una cazuela, ofrenda de una cuenta, ritual de juego de palos (ver fig. 1).
En ese sentido, encontramos en Camarena (2016: 341, apud Beuchot) que «los signos pintados tienen un carácter simbólico, que de alguna manera están crea- dos para economizar, pues nos remiten a un significado mayor. Independientemente de la analogía de los dise- ños con los seres vivos, con fenómenos del cosmos o de la naturaleza, sabemos que estos signos son en reali- dad símbolos de complejos significados, por lo que
nuestra interpretación siempre podrá estar sujeta a dis- cusión». Así, considero que el signo policromo atado está otorgando un valor relevante a cada elemento. Es posible que sea una construcción lingiiística, de la cual desconocemos el sentido literal, pero que apunta a una oración que solo se entiende en el contexto en que está plasmado. Probablemente, este segmento sea una se- cuencia de oraciones, un pedimento a los dioses, una especie de letanía similar a lo que acontece en diversos discursos religiosos y no el significado de «ofrenda» que le han asignado.
REFLEXIONES FINALES
Como se ha podido observar, se ha analizado desde tres disciplinas del conocimiento la imagen del meta- te/metlapil plasmado en la página 15 del Códice Vin- dobonensis. Es conveniente subrayar el carácter simbó- lico de las tres partes que entran en juego: el signo policromo atado, un cuerpo de masa con puntos de colores y un metate/metlapil pintado en azul. Por se- parado, cada una tiene su propia carga simbólica y se torna compleja en la medida en que todas integran una unidad. A excepción de la primera, que aún no se sabe qué es, las dos restantes, masa y metate, nos resultan familiares, pero en cuanto a su contenido forman parte de una intrincada red de mitos inmersos en la cosmo- visión y las creencias mesoamericanas. Esto nos lleva a preguntar: ¿qué «ser» primordial molió en el metate? ¿Con qué intención habrá realizado esa molienda? ¿Aca- so estaba destinada a preparar algún alimento? ¿Cuál fue la intención de plasmarla de esta manera?, puesto que no estamos frente a una masa doméstica sino ante una masa de orden sagrado y ritual.
Hoy en día, aún se sigue procediendo probablemen- te como en el pasado; de los granos de maíz nixtamali- zado y molido se obtiene una preciada masa. Con ella se puede elaborar desde una simple tortilla hasta un complejo guisado. A lo largo y ancho de México exis- ten múltiples antojitos y algunos platillos cuya base es la masa, concediendo un estatus de identidad al estado o región que los prepara. Al mismo tiempo, se realizan ceremonias de pedimento de lluvia, de una buena siem- bra, de agradecimiento por una buena cosecha, así como determinados rituales para ofrendar mazorcas, atoles, tamales, guisados, etc., según sea la ocasión; y se conti- núa rezando, pero bajo el canon de una nueva religión.
bb
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Agradecimientos
Agradezco a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) por la beca otorgada para la realización de la estancia posdoctoral en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, así como al personal de la Coordinación de Investigación de esa facultad.
Sobre el autor
José R. RODRÍGUEZ-YC (jrodriguezycOgmail.com) es Normalista por el Centro Regional de Educación Normal (CREN) de Bacalar (Quintana Roo), Arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y Doctor en Historia Antigua por la Universidad de Barcelona (UB).
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O ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 39 (2018): 67-70. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
UNA ECUACIÓN ESTADÍSTICA PARA MEDIR EL RIESGO DE GUERRA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA A Statistical Equation to Measure the War Risk in Pre-Hispanic Mesoamerica
Pascual Ilzquierdo-Egea
Laboratorio de Arqueología Teórica, Graus, Spain
(arqueologiaClaiesken.net)
RESUMEN. Se presenta una ecuación estadística capaz de medir el riesgo de guerra o conflicto bélico en la Mesoamérica prehispánica, la cual es plenamente aplicable a otras muchas civilizaciones antiguas a través de su registro funerario.
PALABRAS CLAVE. Ecuación estadística; riesgo; guerra; Mesoamérica; prehispánica.
ABSTRACT. This brief communication presents a statistical equation able to measure the war risk in pre-Hispanic Mesoamerica that is fully applicable to many other ancient civilizations through their mortuary record.
KEYWORDS. Statistical equation; war; risk; pre-Hispanic; Mesoamerica.
INTRODUCCIÓN
Esta breve comunicación científica da a conocer otro nuevo logro de la arqueología de los fenómenos sociales (Izquierdo-Egea 2015a, 2015b, 2016a, 2016b, 2016c, 2017a, 2017b, 2018a, 2018b; Flores e Izquierdo-Egea 2018). Se trata de una técnica cuantitativa capaz de medir el riesgo de guerra o conflicto bélico entre las sociedades antiguas a través de su registro funerario. Ha sido probada con éxito en numerosos casos, aunque aquí, por limitaciones de espacio, solo se expondrán los resultados provenientes de una serie temporal represen- tativa de la Mesoamérica prehispánica.
LA ECUACIÓN DE LA GUERRA
Su concepción es muy reciente (finales de enero de 2018) y se basa en dos premisas esenciales: el riesgo de guerra o conflicto bélico (¡G) es directamente propor- cional a la variación temporal de la conflictividad so-
Figura 1. Mapa de Mesoamérica. Localización, de oeste a este, de
los sitios citados: 1) cuenca del río Balsas (México), 2) Monte Albán (México), 3) Uaxactún (Guatemala) y 4) Barton Ramie (Belice).
cial (¡C) e inversamente proporcional a la variación tem- poral de los recursos disponibles (¡A). A pesar de su sim- plicidad, esta ecuación es plenamente significativa en todos los casos estudiados, correspondientes a una mul-
Recibido: 14-9-2018. Aceptado: 21-9-2018. Publicado: 28-9-2018.
Edited Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Rachel Egan. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://laiesken.net/arqueologia/archivo/2018/3907.
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Tabla 1. Parámetros sociales de la serie cronológica prehispánica proveniente de la cuenca del río Balsas, México.
Periodo R D Cc P A iR [[») iC iP ¡A ¡G Preclásico Medio 3,34 77,38 23,17 6 0,26
Preclásico Tardío 150,68 176,99 1,17 6 5,11 45,1138 2,2873 0,0507 1,0000 19,7237 0,00 Clásico Temprano 315,26 52,32 0,17 16 96,41 2,0922 0,2956 0,1413 2,6667 18,8740 0,01 Clásico Tardío 152,73 86,78 0,57 16 28,16 0,4845 1,6586 3,4237 1,0000 0,2921 11,72 Posclásico Temprano 179,13 95,74 0,53 39 72,197 1,1729 1,1032 0,9407 2,4375 2,5913 0,36 Posclásico Tardío 260,32 77,56 0,30 9 30,21 1,4532 0,8101 0,5574 0,2308 0,4140 1,35
R: riqueza relativa; D: desigualdad social; C: conflictividad social; P: población representada; A: nivel de recursos disponibles;
¡R: índice de riqueza relativa; iD: índice de desigualdad social; iC: índice de conflictividad social; iP: índice de
la población representada; ¡A: índice del nivel de recursos disponibles; iG: índice del riesgo de guerra.
titud de registros funerarios pertenecientes a socieda- des antiguas de Europa, Asia y América:
14
¡G==>7 (1)
Esta expresión viene a significar que la situación más favorable al estallido de la guerra se da cuando se cum- plen dos condiciones: la conflictividad social alcanza una elevada magnitud (1C > 1) y los recursos disponi- bles disminuyen considerablemente (¡A < 1). Es decir, si ¡C > ¡A entonces ¡G > 1. Tal como se verá seguida- mente al abordar el caso estudiado, dicha circunstan- cia se produce a lo largo del Clásico Tardío en la Meso- américa prehispánica.
El índice de variación temporal de la conflictividad (¡C,) se calcula dividiendo el valor que toma el pará- metro en un momento dado (C,) por el valor del mo- mento precedente (C__.):
C, (2) C
i=1
¡C,=
Por su parte, el índice de variación temporal de los recursos disponibles (1A) se estima dividiendo el nivel de recursos disponibles en un periodo dado (A) por el del periodo anterior (A,_):
A, ¡A = — (5) : Y
Tal como ocurre con el índice ¡K que mide el riesgo de colapso (Izquierdo-Egea 2018b), hay numerosas ex-
presiones estadísticas derivadas de la primera ecuación elemental de la guerra (1), aunque tendrán que ver la luz en otra publicación.
El riesgo de guerra emerge cuando se supera clara- mente el umbral o punto crítico (¡G > 1). Obviamen- te, si ¡G = 00, el riesgo de conflicto bélico desaparece por completo. Finalmente, cuando iG = 1, tenemos un estado estacionario o de equilibrio cuya estabilidad se puede romper en cualquier momento dada la natura- leza reversible del proceso y, en consecuencia, no aleja el peligro de la guerra.'
MIDIENDO EL RIESGO DE GUERRA EN LA MESOAMERICA PREHISPANICA A TRAVES DEL REGISTRO FUNERARIO
La tabla 1 muestra los resultados obtenidos para la serie temporal inferida a partir del registro funerario de la cuenca del río Balsas, México (Maldonado 1980), parte de los cuales fueron avanzados en estudios ante- riores (Izquierdo-Egea 2014, 2016a, 2018a, 2018b). Son extrapolables a las civilizaciones mesoamericanas prehispánicas por su coincidencia con las tendencias ob- servadas en otras series más cortas (fig. 1), como las de los mayas de Uaxactún (Guatemala) y Barton Ramie
' El análisis cuantitativo de la guerra en las sociedades anti- guas fue abordado por otros investigadores (v. g. Flores y Bologna 2013; Flores 2017) a partir de enfoques teóricos y perspectivas metodológicas diferentes de la pionera aportación empírica aquí presentada. Se trata, sin duda, de un campo abonado para la con- fluencia de fructíferas colaboraciones multidisciplinares (v. g. Flores e Izquierdo-Egea 2018). En todo caso, nada tiene que ver con los estudios actuales al uso (v. g. Caldara e lacoviello 2018).
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1000- y a 10 + m3 > 010- 7 BALSAS — iR — ¡G 001 10,000- y 1,000+- 7 3 [q] > 01007 y BALSAS 0010- El — iR —= ¡K 0,001 | | | | S SS E SL LS E SSP; E
periodo
1000 + Ss 10 5 > 010 + BALSAS = iR A E a OS $ PS OS £0 S É 5d 5 £ E periodo 10000 p 1,000 + 3 s 010 + BALSAS 0010 + GR — ¡K
Figura 2. Representación gráfica de la evolución temporal del índice de riqueza relativa (¡R) comparado con el índice de riesgo de guerra (1G) y el índice de riesgo de colapso (¡K) en la Mesoamérica prehispánica de la cuenca del río Balsas, México. Se emplea una escala logarítmica en base 10 en el eje de ordenadas para visualizar mejor la tendencia de ¡R, ¡G e iK. PRETAR: Preclásico Tardío (c. 400 a. C.-150/200 d. C.); CLATEM: Clásico Temprano (c. 150/200-650 d. C.); CLATAR: Clásico Tardío (c. 650-900 d. C.); POSTEM: Posclásico Temprano (c. 900-1200 d. C.); POSTAR: Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.).
(Belice) o la de Monte Albán (Oaxaca, México), sobre todo durante el periodo clave del Clásico Tardío, a lo largo del cual toda la región sufre un lento pero inexo- rable ocaso.
Comparando los datos del índice de conflicto bélico (1G) con los del índice de colapso (¡K), no sorprende que un elevado riesgo de colapso (¡K =7.07; cf. Izquier- do-Egea 2018b) coincida con un alto riesgo de guerra (1G = 11.72) durante el Clásico Tardío (c. 650-900 d. C.). La figura 2, donde se representa la evolución tem- poral del índice de riqueza relativa o actividad econó- mica (¡R) en función de los dos parámetros anteriores, permite visualizar de forma gráfica este fenómeno, ilus- trando perfectamente su relación directa con la crisis de la economía mesoamericana en ese momento.
No menos interesante es la situación que se da en el Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.), donde sorpren- de queiG > 1 cuando ¡K < 1 a pesar de la prosperidad económica registrada en ese tiempo, realzada por el des- censo de la desigualdad social y la conflictividad. Sin duda alguna, esto induce a pensar que esta, en aparien- cia, anómala situación pueder estar relacionada con la caída de los recursos disponibles. De hecho, su menor disponibilidad implicaría una mayor posibilidad de dis- putar el acceso a los mismos mediante el conflicto bé- lico. Lo cual quiere decir que la guerra no pone en ries- go el sistema sino que forma parte de él. Ahora es un mecanismo integrado en las sociedades de este tiempo que no provoca el colapso de las civilizaciones, sino que sirve como medio de captación de recursos cuando es-
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tos escasean. En otras palabras, la guerra se convierte en un instrumento habitual para captar recursos; algo que ya se apuntó en otros estudios más amplios al ha- blar del Clásico Terminal (cf. Izquierdo-Egea 2014, 2015b). Es entonces cuando conquistar, destruir y ex- terminar al enemigo, capturando sus recursos, se con- vierte en la razón de ser de la guerra. Sin embargo, esa transformación de la naturaleza del conflicto bélico perdura en el tiempo y se hace patente a lo largo del Posclásico Tardío. En la figura 1 se aprecia claramente lo dicho. Obsérvese, en el extremo final de las curvas gráficas correspondientes al Posclásico Tardío (colorea- das en azul), cómo crece el riesgo de conflicto bélico (1G) mientras disminuye el de colapso (1K).
CONCLUSIONES
1. El índice ¡G mide el riesgo de guerra o conflicto bélico en función de la variación temporal de la con- flictividad social (1C) y los recursos disponibles (14).
2. Esta técnica estadística ha demostrado su utilidad al ser capaz de aislar los momentos en que se dieron las condiciones necesarias para el estallido de un conflicto bélico en el seno de las sociedades antiguas analizadas. Es aplicable a cualquier caso donde el registro funera- rio permita aislar series cronológicas basadas en la va- riabilidad de los componentes de los ajuares u ofrendas que acompañaron a los difuntos. Aquí se demostró empleando el ejemplo de la Mesoamérica prehispánica representada por la cuenca del río Balsas, México.
3. Este estudio ha verificado la existencia de la gue- rra sistémica, es decir, cuando el conflicto bélico forma parte del sistema sociopolítico y se convierte en un ins- trumento para captar recursos. Su génesis cabe situarla en el Clásico Tardío pero perdura hasta el periodo final del Posclásico.
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ACABOSE DE IMPRIMIR LA 39,2 EDICIÓN DE LA REVISTA ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA EL DÍA 30 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO 2018 EN EL LABORATORIO DE ARQUEOLOGÍA TEÓRICA, GRAUS, ESPAÑA, COMUNIDAD IBEROAMERICANA DE NACIONES.
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NORTH PACIFILE
SOUTH | ATLANTIC OCEAN
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